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El último gran héroe (1993)


En caso de poder entrar en una película, y formar parte de sus escenas, la experiencia sería más realista que acudir a verlas siendo espectador pasivo, aunque estas fuesen proyectadas en 3D. Pero habría que escoger bien en cuál introducirse, porque no sería lo mismo vivir en La noche de los muertos vivientes (posiblemente uno acabaría formando parte del menú de un zombie que nunca tiene el estómago lleno) que en El guateque (que por muy desastrosa que sea la cena, siempre resulta menos peligrosa que servir como parte de la carta). Si a Danny Madigan (Austin O'Brian) le preguntasen en qué film le gustaría introducirse, no dudaría ni un segundo en responder Jack Slater IV, la cuarta parte de la saga de acción cuyo título responde al nombre de su héroe (Arnold Schwarzenegger), que vendría a ser el policía más duro y efectivo del celuloide. Para David alcanzar la fantasía de vivir una aventura inolvidable, peligrosa y emocionante, es factible, y de hecho inminente, permitiéndose el lujo de convertirse en un secundario cómico que acaba robando protagonismo a ese héroe de acción que siempre viste la misma ropa, porque su armario se encuentra repleto de mudas idénticas a las que lleva puestas; habría que alegar en su defensa que no se trata de cuestiones de gusto, ya que se trata de un personaje de ficción y como tal no puede elegir ni su vestuario ni otras cuestiones. Producido el milagro de la entrada mágica, Danny se cuela en el asiento trasero de un descapotable conducido por Jack Slater, tipo duro donde los haya, que ni duda ni muestra el menor signo de debilidad, salvo por los chistes malos que salen de su boca mientras se produce una persecución donde los malos no paran de asomar por todas partes. Tomando ilusiones similares a las expuestas por Buster Keaton en El moderno Sherlock Holmes (1925), Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo (1985) o Peter Hyams en Permanezca en sintonía (1991), El último gran héroe (Last Action Hero, 1993) parte de una idea fantasiosa y divertida, que se presenta inicialmente como una caricatura que parodia al cine de acción en general, y de su protagonista en particular, exagerando los tópicos de los que se nutre el género: coches que estallan con el simple roce de otros vehículos, los chistes malos del héroe, los gritos del jefe de policía o la ambición desmedida de los villanos, que en ese mundo de fantasía nunca pueden ganar. El problema de El último gran héroe se presenta si se toma en serio, sobre todo a medida que avanzan los minutos y la propuesta cae en los mismos clichés que le habían servido para desmarcarse inicialmente, y que John McTiernan había utilizado como fuente de humor y de acción, pero una vez explotados pierden parte de su frescura y de su desparpajo, sobre todo cuando los personajes acceden al mundo real donde se desarrolla la parte final del film, y éste se convierte en un enfrentamiento entre un villano (Charles Dance) convencido de su victoria, porque no ha caído en la cuenta de que todavía está en una película, y un héroe que descubre una realidad paralela que no le gusta, pero que le permite ver su vida de otra manera, con más posibilidades para tomar conciencia de ser él mismo.

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