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Rififí (1955)



Desde el primer instante de Rififí (Du rififi chez les hommes, 1955), cuando Toni Le Stephanois (Jean Servais) pierde en una partida de cartas, se intuye que se trata de un perdedor en el punto más bajo de su vida. Su seriedad y su preocupación nada tienen que ver con el dinero que no le prestan sus compañeros de timba, se trata de una circunstancia más compleja que sale a relucir tras su llamada telefónica a Jo (Carl Möhner). La aparición de su amigo permite acceder a parte del presente de ese hombre que acaba de salir de la cárcel tras cinco años que habrían sido menos de haber delatado a sus compinches, entre quienes se encontraba aquel que acude a su encuentro sin dudar ni un segundo, como tampoco duda en hacerle participe del sustancioso golpe que ha preparado con Mario (Robert Manuel), un trabajo que según ellos no puede fallar. La primera reacción de Le Stephanois implica rechazo, no obstante, cuando comprende que nadie le respeta y que su novia, Mado (Marie Sabouret), le ha engañado, cambia de parecer, pero no de semblante, que continúa mostrando el rictus de seriedad y desengaño que le provoca un presente que lo condiciona y le genera la sensación de ser un don nadie. ¿Qué tiene que perder? ¿Por qué no demostrar que continúa siendo aquel Le Stephanois a quien todos los delincuentes respetaban? Este personaje es el protagonista de la que podría considerarse la primera película europea de Jules Dassin, ya que Noche en la ciudad (Night and the City, 1950), a pesar de realizarse en Inglaterra, presenta una concepción que se encuadra dentro del cine negro americano. La perspectiva asumida por Dassin en Rififí es oscura, tensa, precisa, contundente, no en vano había realizado excelentes films de género en su etapa anterior. Las tres características citadas se perciben en su protagonista, quien se muestra preciso y frío en cuanto al trabajo, pero temperamental y frustrado en cuestiones relacionadas con Mado, como si tuviese que demostrar que con él no se juega, ni tampoco con aquello que considera suyo. Esta creencia le obliga a presentarse ante Pierre Grutter (Marcel Lupovici), con quien intercambia unas breves, aunque esclarecedoras, palabras que presagian un nuevo y definitivo encuentro. Le Stephanois desoye el plan que le exponen sus amigos y asume el mando, porque esa es su naturaleza y de intentarlo, hacerlo a lo grande. Para empezar les comunica que no robarán el escaparate de la joyería, sino que entrarán y abrirán la caja fuerte, así pues necesitan estudiar todos los movimientos que se producen dentro y fuera del local. Toni apunta otras dos novedades, la primera sería contar con la participación de Cesar, el milanés (Jules Dassin), un experto en cajas fuertes y, la otra, contactar con un posible comprador para que se encargue de las joyas robadas. El milanés, no puede ocultar su pasión por las mujeres y, desde el primer momento, cuando entra en el local de Pierre Grutter, no aparta la vista de la cantante que intenta conquistar después de que concluya la actuación. Sin embargo, es un profesional como el resto de sus compañeros, a quienes se observa realizando la minuciosa preparación del golpe en un bajo donde estudian la manera de neutralizar la alarma que podría dar al traste con todo el plan.


El tiempo, la maldita y moderna alarma, los sensores de sonido o las rondas policiales forman parte de los contratiempos que deben solucionar antes de introducirse a la fuerza en la vivienda desde la que pretenden descender hasta el suelo de la joyería. En los aproximadamente treinta minutos que dura el atraco,
 Dassin narró con precisión y con todo lujo de detalles uno de los mejores golpes perpetrados en la gran pantalla, cuya realización vendría marcada por el mutismo de los atracadores, por sus rostros tensos y sudorosos, por el transcurrir del tiempo en los relojes o en las rondas nocturnas de los guardias urbanos, así como por los sonidos de los golpes que suavizan para evitar que la alarme se conecte, por el ingenioso empleo de un paraguas que utilizan para que los escombros no caigan sobre el suelo de la joyería o por la costosa colocación de la caja fuerte sobre dos bloques de madera que facilitan el trabajo de César, el mujeriego que roba un anillo que no debería haber robado. Pero Rififí no solo destaca por su precisión narrativa, sino que ahonda en el consiguiente fracaso de unos hombres que se dejan llevar por sus emociones y por sus instintos, como sería el caso de Cesar, quien se convierte en el detonante de una explosión de violencia que demuestra que en un atraco perfecto siempre existe una posibilidad para el fracaso.

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