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Cuentos de la luna pálida de agosto (1953)


Genjuro (Masayuki Mori) y Tobei (Sakae Ozawa) viven con sus familias a la orilla del lago Omi (Biwa), donde comparten una ambición desmedida que les impide valorar cuanto poseen. Genjuro busca la riqueza a través de la venta de sus cerámicas, mientras que Tobei anhela la gloria que le proporcionaría ser un samurái. Ambas ideas les nublan el juicio, alterando la tranquila existencia que llevaban antes de que la guerra amenazase sus hogares. Sus esposas, Mihagui (Kinuyo Tanaka) y Ohama (Mitsuko Mito), les advierten del peligro que conlleva la ambición extrema que les domina, la misma que les impide disfrutar de la familia, y la misma que les empuja hacia la tragedia. A partir de la travesía sobre las oscuras aguas del lago, Kenji Mizoguchi envolvió la realidad en una atmósfera onírica que parece surgir de entre la niebla, como también surge una embarcación fantasmal que les asusta, pero que comprueban real cuando en su interior descubren a un moribundo que les advierte de los riesgos que implica la travesía; dicha advertencia no altera los propósitos de ninguno de los hombres, pero provoca que Genjuro desembarque a su esposa y a su hijo, mientras que Ohama decide continuar con su marido. Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari) no necesita ni artificios ni trucos para crear una sutil fantasía donde lo real y lo irreal se confunden, sin necesidad de forzar su comprensión, permitiendo que las sensaciones y los sentimientos que anidan en su personajes salgan a la luz, gracias a la utilización de planos largos, de ritmo pausado, donde se muestran sus preocupaciones o sus deseos. La sensación de encontrarse dentro de un sueño aumenta con la aparición de una anciana y su hermosa acompañante, la joven princesa Wasaka (Machiko Kyo), quien alaba la belleza que Genjuro ha creado con su cerámica, pero estas dos mujeres poseen cierto halo misterioso e inquietante, sin embargo, Genjuro no lo advierte y, tras entregar a Tobei su parte de las ganancias, las acompaña hasta el castillo de la princesa. La unidad familiar que formaban antes de emprender el viaje se rompe definitivamente cuando Tobei escapa desoyendo las desesperadas exclamaciones de Ohama. Tobei no escucha, su ambición no sólo le ha cegado, sino ensordecido; en su mente no hay más deseo que comprar la lanza y la armadura que, en su ignorancia, le permitirían alcanzar su sueño, pero el precio resultará más elevado que el dinero que paga por las armas. Ohama es una víctima de la ambición de su marido; abandonada a su suerte, es violada por un grupo de soldados que, para mayor oprobio, le arrojan unas monedas que para ella significan dos opciones: suicidarse o aceptar una nueva existencia, en la que ella se convertiría en mercancía. Genjuro se encuentra lejos de esa realidad, disfrutando de una felicidad ficticia, hechizado por la belleza de una princesa a quien le oculta la existencia de su esposa y de su hijo. Sin oponer resistencia, se convierte en un amante apresado dentro de la irrealidad espectral que significa Wasaka. La tragedia provocada por los dos hombres encuentra a Mihagui mientras camina por un país en guerra, donde sólo observa violencia, hambre y desolación, todo lo contrario a su vida anterior al nacimiento de una ambición que impidió comprender a Genjuro y Tobei que cuanto poseían era más valioso que el dinero o la gloria.

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