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Apolo 13 (1995)



Pocas catástrofes pueden alterar su curso y convertirse en grandes éxitos. Para que se produzca un giro radical en los acontecimientos se necesita, entre otros ingredientes, un esfuerzo colectivo, fe ciega en lo que se lleva a cabo, un equipo que sepa lo que se hace y, tal vez, un poco de suerte en el desarrollo de los trabajos de rescate. El sueño de Jim Lovell (
Tom Hanks) es evidente, siempre ha deseado pisar la Luna, y nunca ha estado más cerca de convertirse en realidad que cuando le comunican que él y su equipo tripularán la última misión del proyecto Apolo, el mismo proyecto aeroespacial que el 16 de julio de 1969 permitió que el módulo del Apolo 11 alunizase para que el hombre pisara La Luna por vez primera. No obstante, el vuelo del Apolo 13 significa el final de una aventura espacial que ya no resulta rentable, ni siquiera como reclamo publicitario, ni como lucha por la supremacía espacial. A Lovell y a su equipo esas cuestiones ajenas al viaje les trae sin cuidado, porque para ellos el vuelo que están a punto de emprender colma las aspiraciones de cualquier astronauta. La alegría desborda a los tres pilotos escogidos: Fred Haise (Bill Paxton), Ken Mattingly (Gary Sinise) y Jim Lovell, el astronauta que más horas ha estado en el espacio y a quien por fin se le premia con la oportunidad de recorrer a pie el satélite terrestre. Sin embargo, la misión comienza presentando un primer inconveniente, pues los análisis médicos predicen que Ken Mattingly caerá enfermo durante la misión; posiblemente este error en los análisis sea también el primer acierto del rescate del Apolo 13, ya que Mattingly es sustituido por Jack Swigert (Kevin Bacon), y a la postre, cuando deje de lamentarse por su mala suerte, se convierte en uno de los héroes que ayude al éxito del Apolo 13. La famosa afirmación de Lovell: “Houston, tenemos un problema” se produce dos días después del despegue, tras una explosión cuando pretenden remover los tanques de oxígeno, y marca el inicio de la lucha por sobrevivir que dirigió Ron Howard, una película que presenta un hecho real desde una perfecta ejecución técnica, gracias a los medios con los que contó para narrar esta odisea solidaria de todo el equipo bajo el mando del director de vuelo Kranz (Ed Harris). Gene Kranz tiene claro que sólo existe una opción: luchar por no perder a ninguno de los tres hombres que se encuentran atrapados en el interior del módulo lunar que podría convertirse en su sepultura. La situación en el Apolo 13 se agrava ante la pérdida de oxígeno, el posterior corte en el suministro eléctrico, el descenso de las temperaturas o la acumulación de dióxido de carbono en la nave. No obstante, a pesar del miedo, de los nervios o de la debilidad física que sufre Fred Haise, se desvela que son unos profesionales de primera, y como tal asumen los riesgos y las órdenes que reciben desde el centro de operaciones. Los tres son conscientes de su situación y de que su única oportunidad consiste en seguir al pie de la letra las instrucciones que a menudo no calman ni sus dudas ni sus miedos, sin embargo, no cabe otra posibilidad que aguardar a que el equipo terrestre realice el milagro que les permita regresar. La aventura espacial de Jim Lovell y compañía significó un sin fin de problemas a resolver, tanto para el centro de seguimiento de Houston como para los tripulantes de una misión que se convertiría en el mayor éxito humano de la NASA y en uno de los mayores éxitos cinematográficos para un director que supo encontrar la combinación para ofrecer una película atractiva en acabado y entretenida en su propuesta de ensalzar el factor humano y darle forma heroica.

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