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Gente corriente (1980)


Desde los tiempos de El candidato (The Candidate, Michael Ritchie, 1972), incluso antes, se veía venir que Robert Redford era algo más que una cara bonita que lucir en la gran pantalla. Lo apuntaba su faceta de productor y su búsqueda de películas que tuviesen algo que expresar, claro que sin olvidarse de su estatus estelar, algo que invitase a la reflexión más allá del espectáculo, la aventura, el drama o la intriga propuestas por directores como Michael Ritchie y, sobre todo, Sydney Pollack. Así, en 1980, se produjo su paso a la dirección en Gente corriente (Ordinary People, 1980), en la que Alvin Sargent adaptaba la novela de Judith Guest, y salió bien parado: aplaudido y premiado —cabe recordar que los premios no son objetivos, ni establecen que unas películas sea mejor que otras, aunque lo presuman—. Pero, aparte de no dejarse ver en la pantalla, consciente de que su presencia llamaría la atención más de lo deseado y que tampoco había un papel para él, lo interesante fue su intención. La de hacer un cine humanista, centrado en las relaciones y en los conflictos cotidianos que dan la impresión de extraordinarios porque apenas nadie se da cuenta o no quieren verlos hasta que desbordan y ahogan. Y, para ello, nada mejor que una familia estadounidense de clase media alta, que se supone culta y modélica, formada por un matrimonio y un hijo adolescente. Pero no existen modelos de perfección que lo sean en el día a día. En la cotidianidad, existen personas y estas tienen sus problemas externos y sus conflictos internos, muchos de los cuales pasan desapercibidos incluso para quienes se supone más cercanos. De eso habla Redford en su primera película, de gente corriente. Ya entonces, su aspiración era hablar de cualquiera, aunque cualquiera fuese y sea diferente a sus personajes o a otros cualquiera de la realidad fuera de la pantalla donde vive Conrad (Timonthy Hutton), el muchacho que no sabe qué le pasa, solo que algo le sucede. Por eso necesita ayuda, para comprenderlo, más no la encuentra en el hogar donde sus padres habitan bajo máscaras de corrección, pero, tras ellas semejan distantes y distanciados de su realidad, quizás ahí, en el seno familiar, sea donde se encuentre el detonante de su malestar. El joven, que pasó cuatro meses hospitalizado tras su intento de suicidio, tiene la valentía de la que carecen su madre (Mary Tyler Moore), que se esconde en el orden y el silencio, y su padre (Donald Sutherland), que busca complacer, la que le empuja a enfrentarse a su realidad, no a ocultarla. No puede, duele, le desborda, lo atrapa, aunque intente reprimir el dolor, ese duelo y esa culpabilidad que asfixia, como hacen sus mayores; duelo y culpabilidad que habrían nacido tras el accidente que se cobró la vida de su hermano mayor. Conrad acude a un psiquiatra (Judd Hirsch), a quien descubre diferente a los que le trataron y, aunque le irrite o precisamente porque le saca de sus casillas, le ayuda a liberarse y así aceptarse y a aceptar vivir en la pérdida. También su relación con Jeannine (Elizabeth McGovern) le ayuda, le devuelve alegría, la misma que hasta entonces se había ausentado de su vida. Redford detalla todo esto sin sensacionalismo, sin sensiblería; lo hace con sensibilidad y logra un drama en el que pone las cartas boca arriba para expresar que, a veces, sentir es doloroso, pero es necesario porque es vital…

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