Ir al contenido principal

Celos a la italiana (1964)


Si alguien echa un vistazo a lo mejor de la comedia a la italiana, en muchos títulos encontrará entre sus guionistas los nombres de Ettore Scola y Ruggero Maccari. Ese alguien podría concluir que ambos fueron fundamentales en su desarrollo, y acertaría. Una de esas grandes comedias en las que ambos participaron es Celos a la italiana (Il magnifico cornuto, 1964) —que encuentra su inspiración en la obra teatral Le cocu magnifique, de Fernand Crommelynck, ya adaptada a la pantalla en 1947 por E. G. de Meyst—, cuyo título original se enorgullece con alegría festiva de la cornamenta que sirve de excusa para que Antonio Pietrangeli satirice y radiografíe la psicología masculina, la infidelidad, la hipocresía, las apariencias, la desconfianza y la violencia psicológica a la que es sometida la protagonista, víctima de los celos que precipitan el desequilibrio en su marido. Protagonizada por dos monstruos de la pantalla italiana, Claudia Cardinale y Ugo Tognazzi, “El magnífico cornudo” posee el innegable encanto de la comedia italiana de finales de la década de 1950 y la de 1960.



La mezcla de ironía y sátira con la amarga realidad que da pie a la broma son señas de identidad de un film desenfadado en el que Pietrangeli narra el infierno psicológico en el que cae un hombre feliz, casado, orgulloso de sí, de su triunfo personal, de la hermosura de su mujer, de quien nunca ha sospechado infidelidad alguna, hasta que empieza a hacerlo sin que ella le dé el menor motivo. Su sospecha nace de su propia experiencia: cuando la engaña con otra y su mente empieza a pensar la facilidad con la que Cristiana (Michèle Girardon), con quien se ha acostado, engaña a su marido. La sospecha se apodera de él, pero lo curioso, y él mismo así lo reconoce cuando piensa que <<esto es el colmo. Engaño a mi mujer, y soy yo quien sospecha de ella>>. Esa es la realidad y la incongruencia en la que cae, la que le genera el conflicto que le acerca al estado de inquietud y de constante sospecha que le merma, le supera y le lleva a imaginarse a su mujer engañándole con el concejal de urbanismo (Gian María Volonté), Gabriele (Paul Guers) o el jardinero.



—Cuando se quiere a alguien, siempre hay celos —le dice Maria Gracia a Andrea, antes de decirle que se fía ciegamente de él y preguntarle: ¿Y tú? ¿Te fías ciegamente de Maria Grazia?


—Claro —miente el marido, pues no tardamos en escuchar su pensamiento: <<pues no, no me fio>>.



Indiferente al sexo que los sienta, los celos nacen inconscientes, reflejo de inseguridad y duda sobre ideas heredadas y asumidas de posesión y pertenencia, por lo demás son inexplicables, al menos para quien los siente y se deja controlar por ellos hasta un extremo que Pietrangeli satiriza para remarcar la irracionalidad del celoso, su creciente estado de excitación y duda, sus arrebatos de locura, sus acusaciones, pero también el aspecto social de la infidelidad: el qué dirán y el qué dicen, dando rienda suelta a la mezquindad que los asiduos de la pareja han mantenido oculta. Andrea, culpable de infidelidad, grita y acusa de su culpa a Maria Grazia; y aunque la exige, no quiere la verdad. Quiere escuchar su verdad, la que el ya ha decidido y da por hecho: que ella lo engaña. En ese instante, lleva al límite su paranoia y en su tortura provoca la que sufre Maria Grazia, cuya única culpa es estar casada con él. Sus celos matan el amor y consigue lo que teme y así es feliz.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...