jueves, 3 de noviembre de 2022

El presidente y miss Wade (1995)


En su capa externa, El presidente y Miss Wade (The American President, 1995) asume la apariencia de comedia romántica con influencias de Frank Capra, pero, bajo ella, se apuntan los entresijos de la política que interesan a su guionista Aaron Sorkin, que ya había colaborado con Rob Reiner en Algunos hombres buenos (A Few Good Men, 1992). Cuatro años después de El presidente y Miss Wade, en 1999, Sorkin se explayaría a gusto en El ala oeste de La Casa Blanca (The West Wing, 1999-2006). Los temas desarrollados en esta exitosa serie televisiva ya se apunta en este film que va más allá de la relación entre el presidente demócrata Andrew Shepherd (Michael Douglas) y la activista medioambiental Sidney Wade (Annette Bening), cuyo idilio funciona como romance, pero también como detonante para plantear cuestiones que transcienden la intimidad de la pareja y que Sorkin volvería a plantear en la serie. Una de esas cuestiones: en política, ¿dónde se encuentra la línea que separa lo privado de lo público? La respuesta no es sencilla, entre otros aspectos porque los medios de comunicación —la prensa escrita, la radio, la televisión y ahora internet—, resultan fundamentales en el juego político, en el modo de entenderlo y de llevarlo a cabo. Entre la información, el sensacionalismo, el “acoso”, la vida privada de la clase política se ve reducida por las circunstancias y la opinión pública; sus límites son otros que los límites de las clases fuera de ella. En ese juego, la línea que separa la persona pública y la privada se difumina como consecuencia de la atención mediática, de los rivales y de un amplio sector del electorado, que cae en la trampa y juzga de inmoral la decisión privada del modélico líder interpretado por Michael Douglas.



En un mundo ideal, a nadie importaría que el presidente tuviese novia, salvo a ella y a él, pero, en la realidad y en la ficción expuesta, la relación sirve para el ataque de su rival (Richard Dreyfuss), que aprovecha la ocasión para desacreditar a Sidney, víctima colateral de la carrera hacia la presidencia, y para poner en duda la integridad moral de Shepherd, que decide no dar importancia a los ataques y centrarse en la política: sacar adelante un proyecto sobre la regulación de armas de fuego, al que inicialmente da prioridad sobre el del calentamiento global que pretende Sidney, que representa a un grupo que exige las reducciones de emisiones en un veinte por ciento. A lo largo del metraje, se accede a la intimidad de la pareja y a la del ala oeste de La Casa Blanca, idealizando al equipo y al presidente, mostrándolos como una familia unida en la que puede haber discrepancias, pero siempre dentro de la amistad y la cercanía que les hace salir adelante. Este tono idílico, de heroicidad cotidiana, unido al discurso final del presidente, acerca el film de Reiner a los “Mister Deeds” y los “caballeros sin espada” de Capra, aunque, como también sucede en las comedias políticas de responsable de ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1947), existan momentos sombríos —el poder sobre la vida y muerte en la escena en la que Shepherd se ve obligado a dar una orden de ataque que le genera un conflicto moral, consciente de que en el ataque morirán inocentes; o, en su carrera hacia la presidencia, la campaña difamatoria llevada a cabo por el maquiavélico senador a quien da vida Richard DreyfussEl presidente y Miss Wade se desarrolla en año de elecciones lo que implica un plus de complicaciones con vistas a la reelección, que es lo prioritario para el gabinete del presidente, lo que depara que todo lo político se supedite a ese momento; pero su relación con Sidney entra en el terreno privado, al menos para ambos, pues el resto del país y, sobre todo, la prensa y los rivales políticos no lo entienden así, porque los primeros saben que el romance vende y los segundos que podrán utilizarlo en contra de la imagen moral del líder del país: el rival a derrocar por cualquier medio.




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