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Festival de las campanitas (1983)


La heroicidad de los marginados y del individuo de la calle o del campo es vivir su día a día; y esto que pasa desapercibido para muchos, incluso para ellos mismos, no lo pasó para un escritor como el checo Bohumil Hrabal, quien hizo de sus historias el absurdo y la ironía de lo cotidiano. A Hrabal le gustaba la vida sencilla, el aire libre, el sol, los árboles y escuchar conversaciones de gente en las tabernas y cervecerías, quizá por eso mismo se reconoce en personajes igual de sencillos y comunes a los que hace los héroes de sus historias. En realidad, llamarles héroes podría llevar a error, más bien son personas comunes, otros desheredados sociales, incluso algunos podrían ser picaros comunes, pero todos vistos desde la mirada irónica y comprensiva del escritor. Como ya había sucedido con anterioridad en otras colaboraciones de Hrabal y Jiri Menzel, en Festival de las campanitas (Slavnosti snezenek, 1983) dicha mirada la asume el cineasta. Menzel sigue a hombres y a mujeres en su cotidianidad, en su vivir diario, en los momentos de pausa y de actividad, también en el deseo (que no se cumplirá) y en la realidad de la que a veces desean escapar.



Ejemplo cinematográfico de la combinación de ambos, Festival de las campanitas se desarrolla en un entorno rural donde la tranquilidad, la cervecería y la televisión en las noches son parte de la rutina que se rompe con la persecución en bicicleta, por la carretera y el pueblo, de un jabalí al que dan caza en el aula de la escuela. Dicha cacería acelera la acción, al sacar a los personajes de la pasividad y la calma, y acerca la película a la comedia muda, al tiempo que introduce el conflicto que enfrenta a los hombres —el quién se queda con la pieza. Es la maestra la que pone paz y razona que lo preparen en la cervecería y allí todos juntos celebren la fiesta. Pero las discusiones continúan, lo que depara la hilaridad y una nueva intervención femenina —la dueña de la cervecería— que pone cordura entre la rivalidad masculina de los dos pueblos vecinos. Así, entre riñas y escapadas al bar, salen de la monotonía; peleándose en cuanto se presenta la ocasión y la ausencia de la autoridad, como sucede en festival donde los comensales dan buena cuenta del jabalí y, apurada la cerveza y los licores, y ausente el oficial, dan rienda suelta a la exaltación de la amistad y a la batalla campal entre rivales.




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