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Bailando con lobos (1990)


En apariencia y en su momento, un film como Bailando con lobos (Dances with Wolves, 1990) pudo pasar por arriesgado, debido a su larga duración y a su aspecto de western, cuando el género no vivía horas felices, también debido a la supuesta soledad del protagonista durante parte del film, aunque se trata de una soledad engañosa, ya que es inexistente —o desaparece al compartirla con nosotros mediante las palabras que escribe en su diario, una especie de cebo sonoro con el que Kevin Costner establece comunicación con el público. La voz en off del protagonista señala la necesidad de hacer audibles por parte de Costner las impresiones y las sensaciones de su personaje, para ganarse la simpatía del respetable, pero, sobre todo, para rellenar silencios que podrían provocar, por un lado, mayor intimismo y, por otro, la desconexión de esa parte del auditorio incapaz de interpretar o de escuchar el silencio. Como la voz del narrador-protagonista, su soledad funciona en superficie, y también sirve para establecer lazos con el espectador que observa al militar estadounidense, héroe y veterano de la Guerra de la Secesión, en su contacto con la frontera, antes de que esta desaparezca, un espacio libre y natural alejado de la civilización que avanza hacia él. Al inicio del comentario escribí “en apariencia”porque Bailando con lobos contaba con las mejores bazas a su favor para ser un éxito, empezando por el reclamo que suponía su estrella y máximo responsable, Costner, y siguiendo por el mensaje liberal que proponía una revisión, vista con anterioridad en Yuma (Run of the Arrow, Samuel Fuller, 1957), Pequeño gran hombre (Little Big Man, Arthur Penn, 1970) o Soldado azul (Soldier BlueRalph Nelson, 1970), de la historia de Estados Unidos. Otras bazas importantes fueron la banda sonora de John Barry y la fotografía de postal de Deam Semler, cuyo preciosismo queda patente en esos espacios abiertos por donde transcurre la práctica totalidad de la película. Con lo escrito hasta ahora, no pretendo restar ni sumar méritos a un film y a un cineasta que durante casi tres horas entretienen y buscan emocionar empleando estereotipos vistos una y mil veces antes. En realidad, Bailando con lobos es un film amable, que establece simpatías por esa misma amabilidad en la que se posiciona y desde la que no logra disimular que es una película de su protagonista inmaculado, en contraposición de los demás blancos, sucios, analfabetos, desequilibrados o violentos, lo que remarca diferencias entre el héroe frente a un colectivo bestializado. Este individuo, en busca de sus orígenes o de sí mismo, destaca sobre sus iguales, precisamente por ser distinto. De hecho, en ningún momento Dunbar semeja ser un hombre de la segunda mitad del siglo XIX, más bien asoma cual personaje del finales del XX, pues así está hecho y así se muestra en la pantalla —su comportamiento y su pensamiento quizá se ajusten más al del sector liberal de Hollywood de 1990, que al de un soldado destinado en territorio Lakota en la década de 1860.


El teniente John Dunbar se presenta ante nosotros sin nada que perder, esta herido y quiere morir antes que perder su pierna, de modo que asume morir luchando, como un héroe suicida, pero Costner lo hace de la manera que solo queda la primera parte, la del héroe, del suicida nada sabemos. Dunbar nace en ese instante, es su primer nacimiento. Posteriormente, nacerá como hombre para la tribu Sioux que le acoge como miembro de pleno derecho. La presentación del protagonista define una parte de su personalidad que se completa con su llegada a la frontera, destino que él mismo escoge. Y en esa elección se comprende que se trata de un soñador, de alguien curioso y con inquietudes que se escapan a la norma, ya que
Costner se encarga de recargar las diferencias entre su personaje, cuyo nombre nativo titula la película, y el resto de blancos que asoman en la pantalla, todos ellos definidos por caricaturas grotescas, y los sanguinarios Pawnee —los primeros ejemplos son el oficial desequilibrado interpretado por Mauryn Chakin y el guía porcino a quien dio vida Robert Pastorelli, posteriormente lo serán los Pawnee y, ya hacia el final, los iletrados, sucios e incivilizados que llegan para imponer en la frontera su civilización. No hay que ser avispado, su título lo indica, para comprender que Bailando con lobos es, ante todo, un film de su protagonista, que nos lleva por donde quiere con las palabras que escribe en su diario, el recurso narrativo que también sirve de excusa para precipitar la parte final —o eso se deduce, cuando Dunbar se casa en el poblado y el cuaderno está en el puesto militar. También es una historia de amistad y de amor, de acercamiento a las raíces naturales, a los orígenes y a otra cultura, además de cierto empeño en convertirla en una historia de buenos y malos —pero eso vende, pues señala a los espectadores a quien hay que querer y a quien rechazar. Lo cierto es que resulta un film cómodo de ver, pues no plantea conflicto en el espectador, sino que expone una visión entre épica y fantasiosa que evita la reflexión histórica. Y en esa épica o ensoñación de la aventura, del contacto y comunión de Dunbar con los Lakota, Costner, en su primera película tras las cámaras, logra conectar de lleno con el público.

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