Poco tienen en común Shakespeare enamorado (Shakespeare in Love, 1997) y El caso Sloane (Miss Sloane, 2016), salvo que ambas son obra del mismo director y que buscan entretener mediante el engaño, aunque la segunda no es una farsa sobre un personaje real, sino que su engaño obedece al efecto sorpresa pretendido por la narración que John Madden realiza a partir del guion escrito por Jonathan Perera, hasta entonces un completo desconocido en la industria cinematográfica. La trama planteada está construida para causar tal efecto mientras entretiene y juega con el publico mostrando los entresijos de una campaña —a favor y en contra de un proyecto de ley que regula el uso de las armas de fuego— que enfrenta a dos empresas que trabajan para los grupos de presión en Washington. Las primeras imágenes del film apuntan el protagonismo absoluto de Elisabeth Sloane (Jessica Chastain), una mujer que sabe ir un paso por delante de sus rivales, pues, aparte de su sobrada capacidad intelectual, trabaja más y rinde más que el resto porque ha abandonado cualquier debilidad aparente. Domina su entorno, uno tan complejo como el mundo de la política, y no duda en emplear recursos de ética dudosa, como vigilar a su propio equipo o, sin el conocimiento ni el consentimiento de la interesada, utilizar a su colaboradora Esme Manucharian (Gugu Mbath-Raw) para caldear un combate televisivo donde pone en duda la inmovilidad constitucional. El primer momento de la película, la muestra preparándose para la celebración de la vista del comité del senado que la investiga, pero también apunta su filosofía de ir por delante para sorprender y vencer. Pero esta imagen es parte del juego que nos propone la película, ya que Elisabeth es mucho más que esa apariencia inicial que se irá completando en el pasado al que El caso Sloane acude para mostrar los hechos; al menos, los que Madden y su protagonista quieren que veamos hasta desvelar la visión conjunta que se descubre al final del metraje.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...
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