Ir al contenido principal

Se vende un tranvía (1959)


El número de películas dirigidas por Juan Estelrich no hace justicia al buen hacer cinematográfico de un profesional del cine que trabajó con Jesús Franco, Jules Dassin, Orson Welles, Bardem, Fernán Gómez, Berlanga o Buñuel, aunque sí dejan entrever el buen cineasta que podría haber sido; y que llegó a ser en los dos títulos en los que asumió la dirección: Se vende un tranvía (1959) y El anacoreta (1976). Así lo apuntan el interés por la historia que cuenta, su dirección de actores —que más que actuar, se divierten jugando a ser los personajes que cada uno asume en complicidad del resto; y esa sensación la contagian al espectador—, o su narrativa sencilla y fluida —incluso sin salir del cuarto de baño en El anacoreta—, a la que se suma la ironía y el humor que, sin demérito para él, seguramente estuvieron influenciados por Rafael Azcona, el guionista de ambos films. En realidad, Se vende un tranvía, también tuvo a Berlanga en el guion y en la supervisión de este cortometraje de media hora de duración, que iba a ser el primer episodio de un proyecto titulado Los pícaros, y que no tuvo continuidad debido a cuestiones ajenas a sus responsables artísticos. Parte del cine de Berlanga son crónicas de fracaso que giran alrededor de pícaros perdedores o de individuos corrientes que nunca obtendrán una victoria, ni siquiera una pírrica. Podrán saborearla y soñarla, como el empresario teatral de Bienvenido, Mister Marshall (1952), las fuerzas vivas de Los jueves, milagro (1957) o los marqueses en Nacional III (1982), pero, al final, habrán de resignarse a continuar igual o peor que siempre, aunque lo hagan con el optimismo del truhan que sabe que volverá a intentarlo o con el pesimismo del verdugo obligado por el sistema y sus pilares a convertirse en quien no desea. Lo mismo puede decirse para los pícaros de esta única entrega de la serie, un pequeño lujo cómico que, aparte de los ya nombrados, reunía a grandes profesionales del cine español: Francisco Regueiro ejercía de auxiliar de dirección, Francisco Sempere asumía la dirección de fotografía y José Luis López Vázquez encabezaba un reparto que, entre otros, contaba con María Luisa Ponte, Pedro Beltrán, Luis Ciges, José Orjas y Chus Lampreave. Desde el inicio de Se vende un tranvía, con la voz del narrador situándonos en el patio de una cárcel que parece el de un colegio, el humor es la nota que predomina sin disimulo para acercarnos la historia de Julián “el Toribio” y compinches. La voz, tras decirnos que todos los presos claman su inocencia, pero que son culpables de querer vivir sin trabajar —<<y para vivir sin trabajar, hay que trabajar horrores>>—, llama la atención del prisionero protagonista, a quien pide que relate su delito. El reo duda, jura su inocencia, pero, ya en confianza, comenta que le encerraron por tener demasiado talento. Julián no es un timador a pequeña escala como pueden serlo los delincuentes de Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959), sino que él es uno con aspiraciones de genio, como confirma la invención de un timo de gran envergadura: la venta de un tranvía a un primo (Antonio Martínez) que ha llegado del pueblo a la gran ciudad con la cartera llena de billetes y bien sujeta a la chaqueta. Como siempre sucede en estos casos, el timado también quiere hacer negocio; de hecho, le da igual traicionar la confianza de Julián o, mismamente, el amigo del timado no muestra el menor reparo a la hora aprovecharse de una jovencita (Chus Lampreave) cuyo padre se supone enfermo, para conseguir su propio tranvía y su gran negocio.



Comentarios

  1. Respuestas
    1. Gracias a ti, Francisco, y a toda la magnífica labor que vienes desarrollando tanto en docencia como en “Acorazado cinéfilo”, una página en la que, además de cine y otras artes, nos acercas autores, filosofía y pensamientos que invitan al análisis y a la reflexión; y esa invitación creo que es una de las máximas aspiraciones del magisterio.

      Saludos.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...