viernes, 28 de enero de 2022

La ofensa (1972)


La introducción de La ofensa (The Offense, 1972) remarca su carácter psicológico mostrando el espacio (la comisaría) y los personajes como si formasen parte de la pesadilla sufrida por el veterano sargento Johnson (Sean Connery), pues, al llegar a él y encuadrar su rostro desorientado, que recupera su lucidez, las imágenes alteradas en su ritmo y en su nitidez —agudizada su paranoia con el uso de notas musicales que las acompañan— asumen su pulso natural, aunque sin que la tensión y el desasosiego generados desaparezcan de la atmósfera fílmica pretendida y lograda por Sidney Lumet. Minutos después, cuando se comprende que el sargento investiga los secuestros y violaciones de varias niñas de doce años, la rabia, la furia y la impotencia que laten en el policía interpretado por Connery, en un papel arriesgado —más si cabe para alguien a quien todavía asociaban con el héroe invencible y chulesco de la saga Bond— y de gran complejidad del que sale triunfante, se dejan ver en su rostro y escuchar en palabras que evidencian sus prisas por dar con el criminal y así evitar nuevas víctimas. El arranque evidencia que La ofensa es un film psicológico, pero decir que una película de Lumet presenta profundidad psicológica es referirse a la mayoría de sus películas, puesto que sus protagonistas están en situaciones que desnudan su carácter y lo ponen a prueba en situaciones extremas que afectan sus mentes, más que sus cuerpos: el jurado de 12 Angry Men (1956), el presidente de Fail Safe (1964) el prestamista, el profesor de Childs’s Play (1972), Serpico o el sargento Johnson, cuya furia se desata sobre Baxter (Ian Bannet) a quien considera culpable de los delitos. En ese instante, sin que inicialmente apenas nos demos cuenta, Lumet explica la escena que abre La ofensa, puesto que la pesadilla es real y corresponde a ese momento de violencia en el que el policía habla, castiga y golpea al sospechoso para sacarle una confesión que no logra y, quizá inconscientemente, también para descargar la rabia creciente, apenas contenida, desde que se empezaron a producir los asaltos a las niñas. Esto en apariencia, la realidad se descubre al final, en unas escenas de gran intensidad emocional y de violencia tanto física como mental.


Desde sus primeros pasos cinematográficos hasta los postreros, la psicología de los personajes es fundamental para Lumet. Forma parte de su filmografía y ofrece un punto común a sus films: la profundidad emocional que humaniza a sus personajes y los muestra en su entereza, en su fragilidad mental, en su soledad o, en el caso de Johnson, ante una existencia de <<silencio, vacío, gente muriendo>>, <<silencio, vacío, gente muriendo>>, como él mismo repite a su mujer (Vivien Merchant) durante el único momento de sus dieciséis años de matrimonio en el que le habla de su trabajo, lo cual, entre la tensión del instante, permite comprender parte de su mente herida. La otra parte la iremos descubriendo en el careo de Connery con Trevor Howard y en la parte final de este espléndido derrumbe psicológico filmado por Lumet, el de un hombre que ha vivido durante las últimas dos décadas una existencia que acumula imágenes de las víctimas y de los casos que martillean su mente junto al fracaso personal en un matrimonio insatisfactorio, en el que la incomunicación, la decepción, las recriminaciones calladas y el sufrimiento marcan una relación en la que ni ella ni él son felices. Para el policía el día laboral no termina nunca. No puede separar su profesión de su vida privada, como le aconseja el superintendente (Trevor Howard) durante el cara a cara que ambos mantienen tras el fallecimiento de Baxter, en quien, aparte del culpable, el policía ha visto un posible reflejo del abismo que empieza a ocupar su pensamiento. ¿Pero cómo? ¿Cuál es el límite de la mente humana? ¿Hasta dónde puede aguantar la de alguien que lleva veinte años viendo muertes, vacíos, indiferencia, dolor, sangre… que se fijan en su cerebro, en su cotidianidad, en su existencia? La respuesta no se encuentra en un caso concreto, que precipita su desequilibrio o su caída, sino de una acumulación, en la que el caso Baxter es la gota que colma el vaso, el punto sin retorno para la ofensa de dos décadas enfrentándose a crímenes y a la indiferencia de una sociedad civilizada y humana que se desentiende, que prefiere ignorar —Johnson, furioso, ya le recrimina a la testigo que no hubiese acudido antes, o a su mujer que vomite cuando le habla de su trabajo—, y así tener una vida más placentera que las miserias diarias que el inspector no puede cambiar.



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