Ir al contenido principal

La taberna del irlandés (1963)


La amistad y la tradición, la de celebrar su cumpleaños en compañía de su amigo “Guns” Donovan (John Wayne), obliga a Gilhooley (Lee Marvin) a atizar al capitán del barco en el que se ha enrolado, a lanzarse por la borda y nadar hasta alcanzar la playa de la paradisíaca isla del sur del Pacífico donde aguarda ese amigo a quien desea felicitar y regalar un buen puñado de mamporros, porque también él está de cumpleaños. El regalo de Gilhooley, correspondido con generosidad similar por el de Donovan, es el mismo de todos los años: una “homérica” pelea que los habitantes del pueblo aguardan con impaciencia. El duelo de puños, que se produce cuando se encuentran cara a cara en la taberna de Donovan, contenta a todos, pero también informa de que La taberna del irlandés (Donovan's Reef, 1963) es una comedia con todos los ingredientes del humor de John Ford en pantalla: borracheras, peleas, camaradería o un enfrentamiento de sexos entre el irlandés, al que da vida John Wayne, y la mujer que no tarda en alterar la armonía que se observa en ese hermoso paraíso. En este aspecto, la introducción de un personaje femenino en un entorno masculino, podría hacer de Amelia Dedham (Elizabeth Allen) un personaje de Howard Hawks, pero encaja plenamente en el universo fordiano. Su presencia depara un pulso con el personaje central, un aparente toma y daca que no oculta la atracción entre el hombre y la mujer.


Las relaciones y el ambiente, más que el engaño que la trama propone, hacen de La taberna del irlandés una de las grandes juergas de John Ford. En ella, la fiesta es vital. Se celebran los personajes, los lazos que les une y los temas que vertebran la obra del cineasta. A él, le importan los suyos, su mundo cinematográfico; aunque cambie de escenario, introduce sus aspectos de siempre, los que determinan que, en esencia, el conjunto no varíe; es decir, que la suma de lo que vemos siempre sea 
Ford. Quizá por ello, en ocasiones, esta simpática y pendenciera estancia en un paraíso isleño de los mares del sur recuerde a El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952). Ford cambia la Irlanda de principios de siglo XX por la isla del Pacífico donde desarrolla el romance y las amistosas peleas, que no son más que una manera de expresar la amistad y la libertad que dominan en el ambiente, en la taberna y en otros espacios insulares donde Amelia abre los ojos a otro mundo. Ella viaja hasta allí con la intención de evaluar a su padre, a quien no conoce, por motivo de la herencia familiar; que será de ella si el padre no cumple los requisitos de conducta de la estricta y puritana sociedad bostoniana. Claro que Ford, como buen rebelde, manda el puritanismo a tomar viento y se decanta por flexibilizar la moral y dar rienda suelta a su propia tradición, a su idea de familia y de fiesta, pues toda la película es una espléndida celebración fordiana, aunque no alcance el nivel de sus grandes obras cinematográficas. La trama es sencilla, chica llega a una isla y se enamora no solo del chico de la peli, sino del espacio humano que descubre. De paso, comprende a su padre: el doctor Dedham (Jack Warden), que nunca se ha planteado regresar al hogar que abandonó debido a su participación en la Segunda Guerra Mundial, durante la cual conocería a sus amigos Donovan y Gilhooley. Con ellos, llegó a la isla y encontraron su nuevo hogar, pues hogar no es donde se nace, sino el lugar que ofrece plenitud y pertenencia. El doctor dejó atrás la sociedad bostoniana que no le llenaba, y en ella también dejó a la hija que ahora altera la plácida vida insular. La noticia de la llegada de Amelia provoca que los amigos del doctor oculten la realidad, que ella tiene tres hermanos pequeños, a la espera de que el médico regrese de sus visitas a las islas vecinas. Ford aprovecha este tiempo para dar rienda suelta al choque de personalidades entre Amelia y Donovan, un tira y afloja que anuncia la inevitable atracción inevitable entre ambos personajes. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...