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La gran evasión (1963)



Acción, intriga y humor se combinan en 
La gran evasión (The Great Escape, 1963) para instalarse en un campo de prisioneros donde no hay espacio para el antibelicismo e intimismo existencial que se descubre en el recinto de La gran ilusión (La grande illusionJean Renoir, 1937), como tampoco posee el cinismo y la sospecha que habita en la convivencia de los prisioneros de Traidor en el infierno (Stalag 17Billy Wilder, 1953), porque la intención de John Sturges se decanta por el entretenimiento de un espectáculo épico en el que la amistad y el esfuerzo de sus heroicos prisioneros despiertan la inmediata simpatía del público. Al contrario que los protagonistas de las magistrales películas de Renoir o Wilder, los presos de Sturges asumen la heroicidad como atributo que los define, como también aceptan que su deber es el de intentar escapar. El comandante Ramsey (James Donald) lo deja claro en su entrevista con el jefe del campo alemán al que acaban de ser trasladados: el deber de un prisionero de guerra es escaparse. Dicho y hecho, el selecto grupo de reincidentes en evasiones que han reunido en el nuevo campo no tarda ni un minuto en evaluar su entorno: alambradas, torres de vigilancia o cualquier otra opción que proporcione la información necesaria para la fuga. Sin embargo, los intentos individuales del primer día son frustrados por unos vigilantes que han sido preparados para retener a todas las manzanas podridas dentro del mismo cesto, un error que se confirma con la aparición de Bartlett (Richard Attenborough), apodado por los suyos "Gran X". Con su llegada, la situación adquiere un carácter menos individual y más profesional, él es el responsable del plan que contradice las palabras del coronel Von Luger (Hannes Messemer), quien había insistido en la imposibilidad de cualquier intento de evasión. "Gran X" se ha fijado una meta descabellada, que contempla la fuga masiva de doscientos cincuenta hombres con el fin de provocar una distracción que obligue al enemigo a gastar tiempo y hombres, un duro contratiempo para los alemanes, que también podría servirle de venganza personal. La idea de Bartlett cobra forma cuando descubre que la organización x se encuentra casi en pleno, así pues, sin tiempo que perder, organiza una reunión en la que expone su intención de cavar tres túneles (Tom, Dick y Harry).


Tras su atractiva introducción, Sturges reparte el protagonismo de la aventura entre varios miembros del un grupo, que se coordinan y se vuelcan para lograr escapar. Todos y cada uno aportan la experiencia adquirida en anteriores intentos, de este modo se descubre que Danny (Charles Bronson) inicia su túnel número diecisiete, o que Blythe (Donald Pleasence) es un magnífico falsificador de documentos, aunque a punto de quedarse ciego; sin olvidarse de que antes de ponerse manos a la obra alguien como Hendley (James Garner) debe proporcionarles cuanto precisan. Solo Hilts (Steve McQueen) va por libre, su rebeldía y su inquebrantable deseo de fugarse le obligan a intentar una y otra vez una fuga que siempre termina en fracaso y con sus huesos en la celda de aislamiento, sin embargo no se desmorona y nunca abandona la idea de volver a intentarlo. Todo lo contrario le ocurre a Ives (Angus Lennie), su compañero de aislamiento, cuya violenta muerte lo convence para aceptar un rol vital para el éxito de la empresa común. La idea de escavar tres túneles resulta sorprendente, nunca antes habían realizado un trabajo que exigiera un esfuerzo que se incrementa a medida que se presentan más y más inconvenientes. ¿Cómo deshacerse de la tierra extraída sin que los guardias noten la diferencia de color? ¿De dónde sacar la madera suficiente para apuntalar los túneles? ¿O cómo Sedgwick (James Coburn) solucionará la falta de aire en el subsuelo? Bartlett es consciente de que el tiempo apremia y que tarde o temprano sus carceleros descubrirán sus intenciones y esa realidad le decide a cerrar Dick y Harry para centrarse en Tom. Para alcanzar su objetivo, John Sturges contó con un grupo de actores que consiguen conectar con el público, hasta el punto de que este sienta el deseo de colaborar en el éxito de la empresa, y dotó a la narración de un ritmo ágil y ameno que permite que las casi tres horas de duración fluyan sin apenas fisuras en su intención de entretener y buscar la complicidad del espectador, que contempla las vivencias de los personajes como si estas formasen parte de las suyas.

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