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La bella y la bestia (1946)

Poeta, cineasta, pintor, dramaturgo, <<Nada era en él orgullo ni fingimiento. El horror ante los carteles de la Coca Cola, no era teatro, ni anécdota preparada. Madame Weyssveller, me aseguraba que todas las mañanas en el duermevela del despertar, Cocteau lloraba por nuestra civilización. Lloraba físicamente. Porque físicamente le dolía, Europa, el verso, el entusiasmo, el cristal de Venecia, la cerámica de Sajonia, las sinfonías de Mozart, y la liturgia católica.>> (1) Pero los rostros de Cocteau eran más que el del europeísta, el admirador de los clásicos, el cuentista o el del artista y del creador estético de obras cinematográficas inclasificables como Orfeo (Orphée, 1950) y tan bellas como esta ilusión cinematográfica realizada en la inmediata posguerra, una ilusión que, como tal, se fuga de la realidad para establecerse en la fantasía que, en manos de Cocteau, se desarrolla onírica y poética… Inspirándose en el cuento de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, el cineasta crea una atmósfera misteriosa para envolver a sus dos personajes principales, los envuelve en el misterio, la magia y la belleza en la que ambos se encuentran y anidan. Solo ahí son posibles su bella (Josette Day) y su bestia (Jean Marais), dos almas, dos cuerpos, dos ideales que se encuentran y se enamoran en un mundo de fantasía creado para ello… ¿Quién era Cocteau? ¿Bella o Bestia? ¿Orfeo? ¿Todos y ninguno? ¿Es quien crea su obra o su obra le crea a él? François Truffaut dice de él, en Las películas de mi vida, que era un cineasta muy especial, un artista de la cabeza a los pies, aunque eso no es decir mucho. Me refiero a que no concreta, tal vez porque un poeta cinematográfico de su talla sea inabarcable; como también puedan serlo Pier Paolo Pasolini o Andrei Tarkovski. Probablemente, se sueñe, se idealice como poeta, y, a partir de ese mundo, construido sobre obsesiones, ilusiones, aspiraciones e inspiraciones, se construya el propio artista, el que aúna en pantalla artes plásticas y poesía, sensibilidad y fantasía, musicalidad y armonía, para crear ese espacio estético a su imagen, un espacio donde La bella y la bestia (La Belle et la Bête, 1946) cobra imagen cinematográfica —en cuya creación también intervienen el diseñador y decorador Christian Bérald, el operador Henri Alekan y René Clément, el magnífico cineasta de Juegos prohibidos (Jeux Interdits, 1952)— pero también algo que va más allá de esta, pues Cocteau escapa a cualquier regla establecida y se instala en la ingenuidad del poeta, no exenta de cierto narcisismo —que creo forma parte de la naturaleza creativa y poética de cualquier artista —. Para él, ni la poesía ni la belleza pueden cercarse: todo es poético o puede llegar a serlo. <<De Sang d’un poete (1930) a Le Testament d’Orphée (1959-1960), su obra cinematográfica vive obsesionada por la figura del poeta, y el cine solo tiene valor y sentido para él cuando se esfuerza en ser poesía, puesto que no hay arte que no pueda reducirse a la raíz poética…>> (2)

(1) José María Pemán: Mis almuerzos con gente importante. Dopesa, Madrid, 1970.

(2) Jacques Aumont: Las teorías de los cineastas: La concepción del cine de los grandes directores (traducción de Carles Roche Suárez). Ediciones Paidós, Barcelona, 2004.

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