El primer contacto de Steven Spielberg con la ciencia-ficción cinematográfica se produjo en el film aficionado Firelight (1964) y no sería hasta el mismo año en el que su colega George Lucas arrasaba en la taquilla con La guerra de las galaxias (Star Wars Episode IV: A New Hope, 1977) cuando se estrenó en el género de manera profesional. A partir de entonces la ciencia-ficción ha reaparecido con mayor o menor fortuna en su filmografía, pero, salvo por su éxito comercial, su apuesta por el escapismo, su ingenuidad y su estatus actual de clásico genérico, poco tiene que ver Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977) con el episodio cuarto de Star Wars. En la nueva esperanza galáctica Lucas se decantó por la aventura y la fantasía mientras que Spielberg, más capacitado para la dirección que aquel, ofreció en su avistamiento alienígena misticismo y mayores dosis de realismo. Ambas películas son referentes en la ciencia-ficción cinematográfica del último cuarto del siglo XX, pero siempre he preferido la negrura de Alien, el octavo pasajero (Alien; 1979), el humanismo replicante de Blade Runner (1982), las dos grandes contribuciones al género del británico Ridley Scott. Si me apuro y regreso a la infancia, recuerdo que disfruté la ingenuidad juvenil de Lucas y que me aburrir ante la necesidad existencial-religiosa de Roy Neary (Richard Dreyfuss), quizá porque esta última fantasía no me proporcionaba la evasión y la diversión que prometía su odisea espiritual, y que sí pude encontrar en la primera entrega de una saga galáctica que se convirtió en gallina de los huevos de oro y en cansina pesadilla comercial.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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