sábado, 24 de marzo de 2018

La tumba de las luciérnagas (1988)

Calificar una película de poesía puede sonar a tópico o, si no se explica el por qué, al adorno que esconde cierta ignorancia, sin embargo este no es el caso, al menos, no me lo parece, pues los trazos, la luminosidad, los dibujos, la historia y los personajes de La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka, 1988) forman un poema sensible, desgarrador, humano, vivo y emotivo. De tal manera, encuentro en la magistral película de Isao Takahara una elegía y a la vez una oda luminosa que ensalza la vida más allá de la muerte y de la destrucción presentes en las imágenes que nos descubren a los dos niños protagonistas, dos niños que, entre el caos, la destrucción y la pérdida, brillan con la brevedad e intensidad de las luciérnagas al tiempo que rezuman vitalidad y deseos de vivir, aunque su único momento de respiro lo encuentran en el más allá desde donde Seita recuerda la experiencia vital de la que somos testigos. <<El día 21 de septiembre de 1945, yo morí>> son las primeras e impactantes palabras que escuchamos del hermano mayor del primer film que Takahara realizó para la productora de animación Studio Ghibli, la cual fundó en 1985 junto a su amigo Hayao Miyazaki. Dichas palabras, acompañadas de la imagen en primer plano del muchacho, no lanzan acusaciones sino que tienen la finalidad de rememorar el momento de su fallecimiento y de los hechos que llevaron hasta el instante presente, durante el cual su espíritu se reencuentra con el de su hermana pequeña, quizá para disfrutar de la infancia que la guerra les robó. Los protagonistas de esta maravilla animada, trágica y antibelicista son esos dos niños víctimas de los bombardeos que continuamente asolan el país, destruyendo sin distinción entre militares y civiles. Los aviones que sobrevuelan el cielo de Japón tampoco distinguen entre puntos estratégicos y viviendas como la de los hermanos, incinerada y convertida en cenizas al igual que lo serán los restos de la madre muerta que Seita pretende ocultar a su hermanita. El mayor intenta protegerla manteniendo viva la inocencia de quien no tarda en sufrir la desnutrición que surge de la carestía y de la insolidaridad de aquellos a quienes piden ayuda en tiempo de guerra, un tiempo en que nadie parece predispuesto a la generosidad que impediría que la vida de ambos se convierta en la supervivencia (obligados a mendigar y a robar), en la soledad que, tras su difícil estancia con su tía, los traslada a un espacio donde inicialmente la guerra y el resto del mundo no tienen cabida. Los días felices (cuanto pueden serlo sin padre ni madre y viviendo en la precariedad y en el miedo) pasan y la situación empieza a hacer mella en sus cuerpos, en sus provisiones y en la caja de caramelos que Seita lleva consigo, primero para apaciguar el hambre y el temor de Setsuko y, cuando esta muere, para guardar sus huesos incinerados y sentir su presencia, la misma presencia que cobra cuerpo en el más allá para descansar en el regazo de su hermanito.

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