viernes, 30 de marzo de 2018

Traición (1948)

Colaborador en sus inicios del prestigioso director escénico Max Reinhardt, habitual de Murnau, tanto en Alemania como en su periplo estadounidense, y codirector al lado de Robert Siodmak de Gente en domingo (Menshen am sonntag, 1929), Edgar G. Ulmer fue otro de los ilustres cineastas centroeuropeos que trabajaron en Hollywood. Pero, al contrario que Lang, con quien también trabajó, Murnau, Dieterle o Sirk, Ulmar realizó su carrera dentro de los ajustados presupuestos de la serie B. Esta limitación material no le impidió realizar una obra maestra del cine negro como Detour (1945), su película por excelencia, filmada con pocos medios, en pocos días y con un reparto prácticamente desconocido, y otros títulos destacados como Satanás (The Black Cat, 1933), su única película para un gran estudio, o Barba Azul (Bluebeard, 1944). Su filmografía también incluye Traición (Ruthless, 1948), en la cual se aprecia cierta influencia de Ciudadano Kane (Citizen Kane; Orson Welles, 1941), quizá no en su forma, pues rehuye de encuadres y planos como los que delatan la ruptura y el narcisismo artístico de Welles, aunque sí en su personaje principal y en su arranque, fuera y dentro de la mansión del magnate que se convierte en el centro de la historia. Vic Lamblin (Louis Hayward) viaja con Mallory Flaggs (Diana Lynn) hasta la lujosa vivienda de Horace Woodruff Vendig (Zachary Scott), a quien poco después encuentra dirigiéndose a los presentes de la fiesta. En ese instante se observa a un multimillonario que dona su mansión y veinticinco millones de dólares. ¿Se trata de un filántropo? ¿De un hombre que quiere comprar su tranquilidad? ¿O simplemente de un gesto con el cual engañar a los presentes a quienes ya ha engañado con anterioridad? Distinto a como lo hizo Welles con Charles Foster Kane, Ulmer responde en todo momento a los interrogantes que surgen sobre la figura de Horace W. Vendig, un magnate hecho a sí mismo a cambio del precio a pagar para alcanzar la cima. Por el camino ha perdido su humanidad, y dicha pérdida la descubrimos a lo largo de los recuerdos que se originan cuando observa a Mallory, el vivo retrato de Martha, a quien abandonó en el pasado ya lejano y a quien todavía no ha podido olvidar. La historia retrocede a un momento puntual de la infancia para descubrirnos las relaciones infantiles y aquellos aspectos en la vida de Horace que lo impulsan a abandonar la casa materna y a convertirse en alguien que ambiciona el dinero incluso por encima de sí mismo. Él lo sabe, comprende que para alcanzar su meta debe sacrificarse y sacrificar a cuantos se cruzan en su camino, personas como Martha o Susan Duane (Martha Vickers) con quienes se compromete pero a quienes abandona cuando surge una oportunidad mejor. Algo le impulsa a adquirir cuanto poseen quienes le rodean, para él rivales. Los años pasan en la primera analepsis durante la cual observamos al trío protagonista en varios momentos de su juventud, cuando Martha confiesa su amor a Horace y este el suyo, a pesar de que en ese instante solo lo hace porque así consigue a la mujer que Vic pretende. La historia vuelve al presente de la mansión donde descubrimos a dos de las víctimas de Horace: Buck (Sydney Greenstreet) y Crista Mansfield (Lucille Bremer), para de nuevo mostrarnos el pasado y la relación que mantuvo con ambas. La historia narrada por Ulmer se desarrolla en la oscuridad que domina la interioridad de su protagonista, un hombre enfermo de ambición y de la inferioridad que siempre lo empuja a imponerse, a conseguir cuando desea, aunque con ello vaya perdiendo su humanidad, la amistad o el amor de aquellas mujeres a quienes no corresponde, aunque sí utiliza para su escalada económica y social.

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