Sin excesos, sin necesidad de grandes presupuestos, más bien lo contrario, ni alardes de divo, Jarmusch asume el control total de sus películas, desde la escritura de los guiones hasta los montajes. Esto se confirmó en Extraños en el paraíso, su segundo largometraje, el primero estrenado en salas comerciales, con el que reafirmaba las bases de su discurso cinematográfico, aquel que, captando fragmentos vitales, nos muestra nada y nos muestra todo. Esa nada y ese todo se mezclan en la cotidianidad del trío de jóvenes a quienes descubrimos en Nueva York, pero no una Nueva York de película, sino aquella que existe en el interior del minúsculo apartamento de Willie (John Lurie), quien recibe con desgana la noticia de que su prima Eva (Eszter Balin), recién llegada de Budapest, debe quedarse con él durante diez días. Mal empieza el día, para alguien que presenta una rutina en la que su parienta no tiene cabida. Eva fuma y fuma, tumbada sobre su cama, lo mismo hace Willie, pero sobre la suya, aunque entre pitillo y pitillo apenas mantienen conversaciones. Ni siquiera se miran, tampoco parece que se caigan bien, sin embargo, la cotidianidad compartida acaba por cambiar la percepción de ambos. El tercer personaje, Eddie (Richard Edson), visita a su amigo y siente atracción por Eva, pero más allá de esto o de apostar en las carreras, ninguno de los dos chicos hace nada. Ni trabajan ni pretenden hacerlo, se dedican a ver pasar el tiempo, apostando a los caballos o jugando a las cartas. Willie, emigrante que rechaza su origen, y Eddie, cuya única familia es su amigo, son jóvenes sin metas, sin ataduras y sin saber qué hacer, quizá por ello echan en falta la presencia de Eva cuando esta se traslada a Cleveland, al hogar de la impagable tía Lotte (Cecillia Stark). Extraños en un tren presenta la división episódica que se observa en buena parte de la filmografía de Jarmusch, aunque lo hace desde la linealidad que le permite disimularla, gracias al protagonismo de esos jóvenes expuestos por el cineasta frente al espacio (da igual Nueva York, que Cleveland, que Florida, todo parece lo mismo), ante su día a día (también similares) y ante la posibilidad de que algo suceda, quizá.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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