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El político (1948)


Hay preguntas relacionadas con el ser humano, que resultan imposible responderlas sin caer en la generalización, en el estereotipo y en el ridículo. No es fácil, a veces incluso resulta imposible, encontrar respuestas a cuestiones como en qué medida nuestras vidas nos pertenecen o si somos idiotas. Hay preguntas más sencillas de contestar, por ejemplo, cuestiones sobre la ambición, la política y los individuos que la dirigen: ¿El poder corrompe o es la naturaleza de cada persona la que sale a relucir una vez alcanzado? ¿Se puede comprar a cualquiera o solo a quienes han estado esperando la oferta oportuna? ¿Por qué el político es sordo a las voces anónimas que afirma representar? En realidad, ¿a quién y qué representa? ¿Qué intereses le mueve, más allá de los expresados públicamente en mítines y entrevistas? ¿El político miente a sabiendas y manipula con igual alevosía en busca de fines que al resto de los mortales se nos oculta y nunca se nos consulta? ¿La democracia solo existe en su deseo y en la idea? ¿O también es posible materializarla en una realidad práctica y habitual, en la que los ciudadanos tengan voz más allá de la mínima que se le permite el día de las elecciones? Durante esa jornada, en la que escoge entre ir o no ir a las urnas, ya ejerce más libertad que si viviese en cualquier dictadura; pero ¿resulta suficiente para creerse que eso es gobernar o formar parte activa del “gobierno”? Imperfecta, dicen, también que has de conformarte con la democracia en la que la voz y el “gobierno del pueblo” se reducen a esa jornada de expresión en la que solo puedes escoger entre aquella, esa o esta papeleta llena de nombres extraños. Tras ese día, aunque la idea teórica y las palabras digan lo contrario y se pueda protestar y manifestarse, nadie de entre los ya elegidos escuchará la voz popular; no recapacitará ni cambiará su política ni sus intereses por mucho que estos vayan contra los de la mayoría de sus electores. Tal vez, en ese instante, sus votantes se pregunten si su intervención en el proceso democrático se reduce a la época electoral, que, además, empiezan a sospechar que no es una intervención del todo suya; es decir, libre de condicionamientos —por otra parte, imposible, porque desde que nacemos hasta que morimos vivimos condicionados por factores externos que escapan a nuestro control y a nuestro conocimiento—, sino que está condicionada por una serie de factores entre los que destacan la prensa, la propaganda y la irreflexión. Por otra parte, suele ser tónica habitual en el elegido, da igual su sexo y su sesgo ideológico, que presuma representar a todos, cuando cualquiera sabe que la representación de la totalidad es imposible. Solo una dictadura representa a todos porque así lo dicta y así lo impone, sin posibilidad de disentir, aunque en realidad solo sirva a uno, o a unos pocos, someta al resto y persiga a quienes no aceptan ni cuadran dentro de su totalitarismo. Una democracia lo es por la disparidad de ideas que en ella tienen cabida; de modo que un demócrata cualquiera debería comprender que solo puede serlo en la tolerancia, en el reconocimiento de su función, que no es servir a los intereses ni suyos ni de su partido, en la aceptación de la disensión, en la autocrítica, más que en el atacar y echar culpas al vecino, y en la búsqueda de un bien común que nunca contentará a todos, pero que no debería maltratar a ninguno. Si cualquier representante de una ideología no respeta a las otras, la democracia se resiente y también se tambalea cuando el gobierno del pueblo se reduce a ese único día, en el que tampoco el ciudadano de a pie deja de ser un número para un sistema que dice preocuparse, por encima de cualquier otras cuestión, por las personas. ¿Es cierto eso? Robert Rossen ofrece algunas respuestas en su adaptación cinematográfica de la novela de Robert Penn Warren, que leí por casualidad y de la que guardó un grato recuerdo, similar al que retengo de El político (All the King’s Men, 1948).


Periodismo y política van de la mano, aunque a veces, según el sesgo que les mueve, dándose bofetones. En El político caminan juntos desde que el periodista Jack Burden (
John Ireland) observa por primera vez a Willie Stark (Broderick Crawford) ante un pequeño grupo de personas. En sus palabras y en su actitud ve la imagen de un hombre honrado, el único que conoce dentro de esa profesión dedicada a “representar” a los demás, pero también sabe que Stark no puede vencer, porque no cuenta con apoyos políticos ni financieros. Willie Stark se hace un nombre gracias a los artículos escritos por Jack, los cuales recorta y pega en un álbum, como si soñase despierto, sensación que, por un momento, parece alejarle del motivo que alega defender. Jack observa en Stark la sinceridad que no encuentra en su ambiente natural, entre las familias más antiguas y poderosas del Estado, un entorno que le ha convertido en un ser descreído; quizá esa sea su disculpa para dejarse arrastrar por Stark. Tras la primera derrota del político (cuando es utilizado como señuelo en las elecciones a gobernador), Jack se aleja de todos, incluso de Anne Stanton (Joanne Dru), y deambula buscándose a sí mismo durante cuatro años, hasta que finalmente regresa con Willie, porque ese es el lugar que cree corresponderle. Jack sabe que su amigo emplea métodos poco éticos, pero se niega a reconocer que el hombre en quien cree ha cambiado, aunque su comportamiento resulte despótico, cercano a la autoridad dictatorial similar a la empleada por aquellos a quienes años atrás censuraba. Para Willie Stark el fin justifica los medios, convicción moral que dice muy poco en favor de su integridad, cualidad ésta que debería ser innata a cualquier político, pero por desgracia el poder y el regocijo que éste le produce saca a relucir su verdadero yo. Stark se confirma como un individuo capaz de cruzar, sin el menor esfuerzo, la línea que separa lo ético de lo no ético con tal de adquirir el poder que finalmente consigue, y que pretende conservar a cualquier precio, aunque para ello deba utilizar a Jack, supuesto amigo, a Sadie Burke (Mercedes MacCambridge), secretaria y amante, a Lucy Stark (Anne Seymour), sacrificada esposa, o a su hijo Tom (John Derek), a quien empuja hasta límite.


En su exitosa adaptación de la no menos popular obra de Robert Penn Warren, Rossen expone la política desde un supuesto hombre hecho a sí mismo, que parte de la nada, que decide batallar para que se le reconozca y se le escuche, y que alcanza reconocimiento político y social gracias a denunciar las carencias e injusticias que afectan al pueblo —el accidente de la escuela le convierte en el caballero andante de las masas—, pero que se deja arrastrar por el atractivo del poder. Willie Stark logra su objetivo. Construye escuelas, carreteras, hospitales, pero su ego le delata. Cuanto realiza lleva su nombre, ya sea la autopista estatal en la que su hijo sufre el accidente en el que pierde la movilidad o el hospital que Adam Stanton (Shepperd Strudwick) se niega a dirigir, porque rechaza tener cualquier tipo de relación con un hombre a quien considera corrupto. La falta de ética de Stark es innegable. Su ausencia se descubre en la manera de hablar del político, en su actuar o en sus relaciones fuera de un matrimonio que necesita para salvaguardar las apariencias, pero del que se desentiende en cuanto se convierte en el hombre más poderoso del Estado. Todos aclaman a Stark, incluso Anne se deja impresionar por sus discursos y su fuerza “animal”, pero lo que ignoran de Stark sería que se trata de político que, probablemente, nunca ha creído ni en las palabras que le han llevado hasta la cima ni en los electores que han confiado en él. Cuanto hace siempre parece hecho para satisfacer su ambición o para calmar los complejos creados por el poder y la gloria, a los que concede la importancia máxima, aunque inicialmente no quiere reconocerlo. Desde el momento en el que se convierte en el líder del Estado —cuatro años después de la burla electoral en la que comprendió cómo ganar, produciéndose de ese modo un cambio en su comportamiento—, Willie Stark muestra su verdadero rostro, el mismo que ni Jack ni Anne desean ver, cagados por la falsa imagen que se han formado de un político deshonesto, capaz de coaccionar, chantajear e incluso asesinar para mantener un poder que cree de su exclusividad, cuando en realidad éste reside en ese pueblo engañado que le ovaciona y apoya.

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