Ir al contenido principal

Niágara (1953)


Niagara Falls es el destino geográfico de muchas parejas de recién casados, sin embargo, los dos matrimonios de Niágara no viajan hasta allí para celebrar su luna de miel, como tampoco son recién casados, sino dos parejas que llevan varios años compartiendo una vida en común. Cuando George Loomis (Joseph Cotten) observa las cataratas no puede más que admirar la perfección e independencia que contemplan sus ojos, aunque comprende que han tenido miles de años para alcanzar esas dos características que a él se le niegan por naturaleza, por eso debe aceptar su imperfección y la de su matrimonio. George está casado con una mujer mucho más joven que él: Rose (Marilyn Monroe), quien le aguarda en el bungalow que debían abandonar antes de la llegada de los Cutter: Polly (Jean Peters), amable y sencilla, y Ray Cutter (Casey Adams), siempre con su trabajo en mente. El matrimonio Cutter parece que difiere en cuanto a su estancia en las famosas cataratas, ya que Polly piensa que deberían disfrutar del viaje como si se tratase de aquel que no pudieron realizar cuando se casaron, debido a la ocupación de Ray. La aparición de los Cutter en la cabaña que todavía ocupa Rose Loomis es utilizado por ésta para comentar el desequilibrio psíquico que padeció su marido después de participar en la guerra de Corea. ¿A qué viene esa confidencia innecesaria? ¿A caso quiere condicionar el pensamientos de  los desconocidos? La relación entre George y Rose no funciona, eso es evidente, como también lo es la presencia de unas cataratas que simbolizan el punto de no retorno de su matrimonio, arrastrado por una vorágine de celos (George) e infidelidad (Rose) que amenaza con afectar a la otra pareja.  Ray no parece darse cuenta de nada de los que pasa a su alrededor, sólo le preocupa la cita con uno de sus jefes, mientras, Polly observa al señor Loomis, en cuyas reacciones contempla el desequilibrio al que se refería su esposa, provocado deliberadamente por Rose porque ha decidido un cambio en su existencia que pasa por deshacerse de su esposo. En Niágara dominan los espacios abiertos (el paisaje es un personaje más) y un colorido insólito para historias oscuras y pesimistas como las narradas en los films noir, sin embargo, en determinados momentos se recuperan las sombras características del cine negro, como sucede tras la muerte (no consumada) de George Loomis o cuando éste sorprende a su esposa en el edificio de correos, instante en el que se produce un cambio de rol (pasa de víctima a verdugo) y se confirma su caída al abismo. Uno de los aciertos del film de Henry Hathaway reside en aquello que no se muestra, pero que sí se intuye, lo que permite que Niágara gane enteros y no se convierta en un film que sólo llame la atención por la presencia de la (por aquel entonces) emergente estrella Marilyn Monroe, quien bordó el papel de mujer manipuladora que convierte a su marido en un guiñapo dominado por los celos. El modo en que Rose viste, se mueve o actúa, forman parte de la imagen que Polly tiene de la mujer que le gustaría ser, aunque no lo dice, es consciente de que ella es todo lo contrario: dócil e inocente, características que posiblemente afectan a su relación con un marido que siempre semeja despistado, quizá debido a que su mujer no llama su atención, al menos no hasta que ésta se encuentra al borde de unas cataratas que han tenido miles de años para ser independientes, no como George Loomis, cuya dependencia de Rose se convierte en su particular corriente de agua de la que no puede escapar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...