La cotidianidad de Umberto Domenico Ferrari borra la sonrisa de sus labios. Ya nada le hace sonreír, ni llorar. No encuentra motivo para lo primero; para lo segundo, le sobran. En su cruda y solitaria monotonía, se siente triste y derrotado. Sus ojos parecen dispuestos a derramar una lágrima y después un llanto de imposibilidad, de dolor, pero se contiene, o le contiene su idea de dignidad. Su perro siente el padecimiento y calla o ladra más solidario de lo que ladran o hablan la mayoría de los humanos que le salen al paso. Hay excepciones como María, la criada, que mira inocente lo que todavía no comprende. Lo mira con su juventud por delante y con caminos propios que recorrer, donde maldecir o aplaudir su suerte. María (Maria Pia Casilio), la mirada inocente en un mundo que ha perdido la inocencia, duerme en el pasillo, en una cama supletoria que abre cada noche, cuando, ya de última, por fin puede acostarse y observa a ese buen o mal hombre, a ese hombre corriente y anónimo que se transforma en héroe cada día, superviviente de cada momento en el que sobrevive a un entorno que se ha vuelto hostil, porque ya no le necesita. Zavattini y De Sica quieren ser medio chaplinescos, dejan de lado la mitad sonriente, y, sin reparo, violan esa intimidad introduciendo la presencia del insomne que llama por teléfono, aquejado de un mal físico, pero también anímico. Su cotidianidad le ha borrado no solo la sonrisa de sus labios, sino también la alegría de sus ojos, que tiempo atrás perdieron su brillo, su esplendor. No encuentran motivos alegres, pero se resisten a derramar una lágrima de aflicción, de autocompasión, de pena. Tampoco a Carlo Rattisti le hace falta ser actor profesional para encontrar la verdad de su personaje y exteriorizarla. Más aún, su presencia potencia la naturalidad del individuo a quien da vida en la pantalla, en este particular, al inolvidable Umberto Domenico Ferrari, el Umberto D (1952), de Cesare y Vittorio, la última gran obra neorrealista de la pareja, aunque, más adelante, regresaron a la cruda realidad con la espléndida El techo (Il tetto, 1956). Pensemos en las deudas del jubilado, las que mantiene con su casera (Lina Gennari), que no transige, y exige a don Umberto el pago íntegro de 15.000 Liras que adeuda por el viejo cuarto que ocupa desde tiempos inmemoriales. Ahora, el inquilino es la imagen de la derrota humana, la de un sistema que no atiende a sus mayores, quienes en otro tiempo fueron jóvenes y posibilitaron el presente de su dignidad humillada por la insolidaridad social que luce en la casa y en cada rincón romano que recorre en compañía de su perro Flike.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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