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El último mohicano (1992)


Hay películas que son versiones de otras y también las hay que son nuevas adaptaciones de novelas ya trasladadas con anterioridad a la gran pantalla. Conviene distinguir entre ambas posibilidades, aunque en esta película de Michael Mann es la unión de las dos opciones. pues El último mohicano (The Last of Mohicans, 1991) es, a la vez, una nueva versión de la novela de Cooper y una revisión de una película anterior. Mann se basa en el libro homónimo de James Fenimore Cooper y en el guion que Philip Dunne escribió para la adaptación realizada por George B. Seitz en 1936. En realidad, salvo en su parte final, guarda mayor relación con el film de Seitz —algunos de sus diálogos se escuchan sin apenas variaciones en la película de Michael Mann— que con el libro, pero esto apenas tiene importancia cuando los bosques, las montañas, las corrientes fluviales y el movimiento de los personajes inundan la pantalla de emoción, lucha, romance.

Mann maneja la aventura aprovechando el espacio natural por donde Ojo de halcón (Daniel Day-Lewis), Uncas (Eric Schweig) y Chingachgook (Russell Means) salvan a las hermanas Munro de morir bajo el cuchillo de Magua (Wes Studi). Es un espacio en guerra, donde la sangre corre y el amor surge y conecta a un hombre y a una mujer que sabemos indiferentes a los convencionalismos europeos. Varios de los personajes lo son: tres hombres libres, dos de ellos los últimos del antaño orgulloso y poderoso pueblo mohicano y una mujer británica que encuentra fascinante esa frontera norteamericana que le acerca a un mundo nuevo para ella, un mundo bello y natural, hogar de los mohicanos y de otros pueblos antes de la llegada de los holandeses, ingleses y franceses, estos dos últimos en lucha por la hegemonía en los territorios de Norteamérica.


La década de 1990 quizá no fuese un periodo floreciente para las producciones de aventuras, pero vivió el enésimo renacer del western; y aventura y western confluyen en esta versión que Mann hace de la novela de Cooper, una adaptación la suya que presta mayor atención al film de Seitz que al libro, porque fue la primera película que el director, productor y guionista recuerda haber visto.

De cualquier forma, El último mohicano tiene su propia manera pensar la historia de amor, de supervivencia y de lucha en un entorno entre los ríos Hudson y Potomac sumido en un conflicto bélico que enfrenta a los imperios de Francia e Inglaterra en sus colonias norteamericanas, años antes de que se produjesen la Guerra de la Independencia y la Revolución Francesa. El conflicto colonial afecta a los hombres y mujeres que han creado su hogar y echado raíces en unas tierras en las que desean vivir en paz, ajenos a los caprichos de los reyes europeos que nunca las han pisado, y que nunca se han preocupado por ellos, pues sólo buscan beneficios económicos y la supremacía político-militar.


El hecho de ser súbditos de la corona británica obliga a los civiles a formar parte de la milicia, cuestión que aceptan bajo la promesa de que podrán regresar a sus hogares si existe algún indicio de que sus familias se encuentran en peligro. Poco importaría a los oficiales ingleses como el mayor Heyward (Steve Waddington) la palabra dada a hombres que deben acatar y luchar por un rey que no significa nada para ellos, ya que es esa tierra y sus familias, nacidas en ellas, su verdadera patria (años después este hecho, sumado a otro tipo de cuestiones político-económicas, provocaría la Guerra de la Independencia). Pero Michael Mann no se centró en cuestiones históricas ni políticas, se decantó por la aventura bélico-romántica cuyo marco histórico es el enfrentamiento colonial entre dos imperios que no se interesan ni por los colonos ni por los nativos, salvo para sus fines soberanos y comerciales. Esa realidad no escapa al entendimiento de Ojo de Halcón, ni a su padre adoptivo Chingachgook ni a su hijo Uncas, los dos últimos mohicanos. Para estos tres personajes, la naturaleza forma parte de su hogar y ellos forman parte de ella. El espacio que tramitan les proporciona cuanto necesitan, por eso es el único reino que consideran defender, no son súbditos de los reyes de más allá del mar, son hombres libres. No obstante, no todos comparten su postura, pues muchos son los colonos que todavía asumen la idea de lealtad a una corona que les exige su participación en la guerra, pero que no cumple la palabra dada.

El escenario transitado por Mann es una naturaleza de gran belleza que se convierte en el testigo de las luchas y del amor que surge entre Ojo de halcón y Cora (Madeline Stowe), la hija del coronel Munro (Maurice Roëves); asimismo, también mostró la tragedia que se gesta en el corazón de Magua, miembro de la tribu Hurón, quien solo se rige por el odio y el deseo de venganza que únicamente se saciaría con la muerte de toda la descendencia de Munro, el culpable de la muerte de sus hijos y de la separación de su esposa. Con la lucha entre las monarquías europeas de fondo, la acción se desarrolla a la perfección, siempre acompañada por un fondo musical de gran calado y por una fotografía que muestra la belleza de los espacios abiertos por donde corren los protagonistas, ofreciendo una imagen romántica y a la vez brutal de una época en la que sobrevivir sería el reto y la obligación para seres como Ojo de Halcón y Cora.

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