Ir al contenido principal

Nunca pasa nada (1963)

Nunca pasa nada es un título perfecto para la historia que Juan Antonio Bardem quiso contar, una historia de frustración, soledad, apatía y claudicación ubicada en un pueblo de provincias, Medina del Zarzal, que podría ser cualquier población de similares características, donde la existencia de sus habitantes resulta monótona, aburrida y dominada por unos prejuicios que les condena al estado que se descubre tras la llegada del autocar en el que viaja Jacqueline (Corinne Marchand) y la compañía de revista para la que trabaja. La estancia forzosa de Jacqueline en el hospital donde es intervenida por el doctor Enrique (Antonio Casas) da rienda suelta a chismorreos que desvelan la miseria y la ignorancia que habita en las mentes de quienes la menosprecian por el hecho de dedicarse al mundo de las variedades. La presencia de esta víctima de la apendicitis fue aprovechada por J.A.Bardem para realizar un estudio crudo y realista de las costumbres que se descubren en los vecinos de poblaciones como Medina, donde las vidas se consumían dominadas por una moralidad rígida, que se presumía perfecta, y que sin embargo resultaba menos moral de lo que se pretendía. Nunca pasa nada se centra en las frustraciones que aparecen ante anhelos incumplidos como consecuencia del conformismo y de la falsa idea de mantener una imagen externa que nada tendría que ver con los deseos y pensamientos que dominan a seres como Juan (Jean-Pierre Cassel), Enrique o la esposa de éste, Julia (Julia Gutiérrez Caba). Juan es el profesor de francés del instituto del pueblo, su juventud y su sensibilidad literaria le distinguen del resto de sus paisanos, advirtiéndole de que todavía tiene la oportunidad de escapar de la desidia a la que podría condenarse si permanece en Medina, la misma que le convertiría en un reflejo del doctor Enrique o de Julia, dos seres desencantados que no encuentran sentido a sus vidas. A pesar de no compartir el revuelo que ha generado la aparición de la actriz, Juan parece no atreverse a dar el paso definitivo que le alejaría de un entorno donde las habladurías y la falta de talento dictan los comportamientos de aquellos que le rodean. Así pues, Juan podría ser una imagen de la juventud perdida de Enrique, el personaje más desequilibrado (atormentado) de Nunca pasa nada, pero quizá también el más valiente (y derrotado), pues su miedo a envejecer y a no haber aprovechado el tiempo le impulsan a realizar un acto desesperado, que no es otro que aferrarse a la imagen de Jacqueline como promesa de una vida distinta en la que pueda sentir algo más que la conformidad y el paso de los años. De este modo se produce una especie de retención del tiempo, una falsa sensación que le obliga a tener a la actriz bajo una vigilancia constante, disculpando su comportamiento con la excusa de que se trata de una paciente; sin embargo, es el deseo el que le obliga a actuar de un modo desesperado que aumenta la distancia que le separa de Julia. Enrique y Julia únicamente comparten un espacio físico, asumiendo el papel de matrimonio perfecto que a ninguno llena, cuestión que ambos conocen, pero que no aceptan hasta la llegada de Jacqueline. Julia vive en un estado de infelicidad constante, caracterizado por sus silencios ante las habladurías que no comparte o por el distanciamiento con un marido que sabe que no ama. La sumisión ante cuanto la rodea ha marcado su comportamiento hasta el instante en el que escucha las murmuraciones acerca de Enrique y Jacqueline, así como parece recuperar parte de su autoestima cuando escucha la tímida declaración de amor realizada por Juan; no obstante, su decisión de abandonarlo todo y comenzar de nuevo no sería más que una explosión que cederá ante la aceptación de que nunca pasa nada. Así pues, Jacqueline sería el detonante-excusa para un despertar pasajero en las vidas de estos seres que forman parte de una sociedad dentro de la cual han asumido roles que ellos mismos han creado y aceptado como una condena de la que no pueden escapar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...