miércoles, 29 de junio de 2011

Ariane (1957)

El cine de Billy Wilder, como el de todos los grandes, tiene algo mágico, inimitable, que llena a todo aquel que sepa apreciar una buena película, si a su genialidad se le suma un excelente guión, escrito por él mismo y por I.A.L.Diamond y la presencia de Audrey Hepburn, poseedora de una belleza serena, inocente, elegante y magnética (que atrapa sin que uno se percate) y de Gary Cooper, encarnando a un playboy maduro (a quien la evidente diferencia de edad con Ariane no impide que la relación sea creíble), el resultado es Ariane (Love in the afternoon), una espléndida comedia romántica, en la que se pueden encontrar muchos de los rasgos que caracterizan el estilo wilderiano. Ariane Chavasse (Audrey Hepburn), una joven soñadora, alegre, curiosa y con deseos de conocer un amor diferente al que le proponen los chicos de su edad, vive con su padre, un detective que se dedica a investigar posibles casos de infidelidad (en los que es toda una eminencia). Claude Chavasse (Maurice Chevalier) posee una gran cantidad de archivos en los que se detalla los deslices de los implicados. Uno de esos documentos, más abultado que el resto, pertenece a un maduro millonario, cuya afición preferida no es jugar al golf, sino seducir y conquistar a cualquier bella mujer, casada o no. Esa gran capacidad para enamorar llama la atención de una joven a quien seduce la idea de conocer a un individuo de esas características, aunque tampoco se debe olvidar, que pretende salvarle la vida, ya que uno de esos numerosos maridos engañados pretende asesinarle. Unos diálogos ingeniosos y divertidos, marca de la casa, proporcionan una comicidad que impregna una película que detrás de su apariencia amable esconde la mala leche de Wilder, capaz de encontrar comicidad en la infidelidad, que seguramente no tiene la menor gracia para aquellos que la sufren. Otro gran acierto se encuentra en la adaptación musical de Franz Waxman, excelente compositor que realizó múltiples variaciones del tema fascinación, según a la escena que acompañe (y por otras composiciones interpretadas por los zíngaros, que también aportan una nota de humor de alta escuela). Ariane contó con la participación de dos actores protagonistas carismáticos que hacen creíble la relación que surge entre ambos, a pesar de la evidente diferencia de edad, perfectamente respaldados por las actuaciones de Maurice Chevalier y de John McGiver, dos personajes imprescindibles. Pero, más que los propios personajes, la diversión la proporcionan las situaciones y la manera en las que éstas fueron rodadas, repletas de pequeños detalles que Billy Wilder supo suministrar mejor que nadie (aunque seguramente él diría que Ernst Lubitsch lo haría mejor) a lo largo de esta comedia inolvidable.

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