Ir al contenido principal

Sigamos la flota (1936)

Supongo que apenas importa, marina, ejército de tierra o aviación, pues lo significativo de Sigamos la flota (Follow the Fleet, 1936), si tiene algún significado, reside en que la realidad no importa o, mejor, que no tiene cabida en el espectáculo. Y eso nos lleva a la fantasía, a la irrealidad de un musical que, siguiendo la fórmula de La alegre divorciada (The Gay Divorce, 1934) y Sombrero de copa (Tap Hat, 1935), da rienda suelta a las imágenes donde vemos a Fred Astaire y Ginger Rogers haciendo aquello que les dio fama. Y “aquello“ es su capacidad para fugarse de los espacios reales y de los personajes transcendentes, con ritmo, música y gracia. Da igual la rama militar a la que pertenece su personaje o que, como actor, Astaire carezca de registros dramáticos o sean limitados. Tampoco importa que Rogers, ante todo, sea actriz, y no una bailarina, aunque se deja guiar (muy bien, por cierto) por su pareja de baile. La trama es lo de menos, además de ser típica y tópica, es tan imposible como falsos sus dos enredos románticos. Es hortera y todo lo que se quiera, pero el asunto, es que no hay asunto que reprochar. Lo que de verdad importa y engrandece a Sigamos la flota es su apuesta por lo insustancial y no sentir vergüenza por ello. Es lo que es, y esto que parece y no deja de ser una obviedad, resulta una decisión acertada por parte de los responsables del film, que saben cuáles son sus cartas, no las ocultan y las juegan. Así, el musical vive de su apariencia, lo que vemos y escuchamos en la pantalla es principio y fin, tras eso no hay nada, porque, como le dice Sherry (Ginger Rogers) a su hermana Connie (Harriet Nelson), <<hoy en día prima la superficialidad>>, para, segundos después, concluir con <<y recuerda la apariencia lo es todo>>. Y eso es el film de Mark Sandrich, superficialidad y apariencia, lujo y ensueño. Pero hay algo más, y ese algo más determina el curso del film y que la travesía sea agradable y llegue a buen puerto. Y ese plus es múltiple: el baile final de la pareja protagonista, Connie, único personaje que parece sentir y soñar, la música de Irving Berlin y la elegancia de Sandrich, un cineasta que ridiculiza el ridículo y logra que el conjunto, por muy increíble que resulte, funcione a pesar de altibajos en el ritmo y el compás.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...