Ir al contenido principal

Contra el imperio del crimen (1935)

La figura del gánster, genuina del cine estadounidense, nace como consecuencia directa de la “ley seca“ que entró en vigor en enero de 1920. Sin esta prohibición, derogada en 1933, la fabricación y venta ilegal de alcohol carecería de sentido o tendría un mercado tan reducido que los locales clandestinos, donde consumidores de cualquier clase y sexo acudían a saborear lo prohibido, no serían necesarios ni rentables. Lo cierto es que ese intento de poner fin al consumo de alcohol creó un submundo y un tipo de gangsterismo concreto. Gracias a la iniciativa aprobada, un nuevo horizonte asomó por la tierra de la libertad. Algunos se aventuraron por necesidad, otros porque vieron una oportunidad para enriquecerse. Aparecieron bandas desorganizadas; más adelante, algunas se organizaron aprovechando los beneficios del filón abierto por una Enmienda que, involuntariamente, les ofrecía en bandeja un negocio irresistiblemente lucrativo. El delincuente lo sabía y sacó partido a la coyuntura generada por la ceguera legal. Más o menos, así fue como una norma que nacía con intención de reducir el consumo de alcohol (y recortando libertades individuales) disparó la demanda y provocó la proliferación de bandas criminales, en cierta medida, similares a las que observamos en la pantalla de finales de la década de 1920 y primera mitad de la siguiente. Por entonces, asoma la figura contraria, la del agente del orden que intenta ponerles fin, y también surgen corruptos, soplones y otros tipos, en buena medida, consecuencia de la cruzada antialcohólica que, exagerando, alcoholizó hasta al más abstemio. Pero, inicialmente, salvo en The Racket (Lewis Milestone, 1928), el héroe del orden establecido o a establecer no asume el protagonismo de las tramas. Lo hará hacia mitad de los años treinta, cuando las historias se centren en el policía o en los hombres del gobierno, los G-Men del departamento de Justicia.

En apariencia, delincuentes y agentes de celuloide son antagónicos, y así es, pero son dos caras opuestas que guardan aspectos comunes, más de los que podría decir su posicionamiento en dos extremos de la sociedad estadounidense. Como consecuencia de su origen, el gánster es una figura genuina del cine norteamericano, como también lo es el agente del FBI. Ambos coinciden en el uso de la fuerza y en su asentamiento en suelo urbano. Ambas figuras cobraron importancia en la pantalla, sobre todo gracias a la Warner Bros, que, sin duda, fue el estudio que mejor supo aprovechar las páginas de sucesos que, sí ya aparecían adulterados en el medio escrito, más lo serían en su paso a la ficción cinematográfica.

La Warner llevó el gangsterismo cinematográfico a su máxima expresión durante la década de los treinta. Lo hizo en una serie de títulos que evolucionaron hasta el policíaco de la segunda mitad del decenio y el cine negro de los años cuarenta. Hoy, algunos, son clásicos del género; otros han caído en el olvido, incluso los hay como Contra el imperio del crimen (G-Men, 1935), que, aun siendo irregular, fue fundamental en el paso del cine gangsteril a las películas protagonizadas por los agentes que luchan contra el hampa. Este título dirigido por William Keighley es un referente de este tipo de producción por varios motivos. El primero lo encontramos en la presencia estelar de James Cagney, que no abandona su rol de chico duro, criado en las calles, sino que aprovecha los conocimientos adquiridos en los bajos fondos —y su educación universitaria, sufragada por el gánster que le anima a ser honrado— y los pone al servicio del orden al que se entrega en cuerpo y alma. Segundo, se trata de un antecedente del policíaco semidocumental de la segunda mitad de los años cuarenta —y consecuencia del tirón comercial y de la propaganda de este ciclo, G-Men sería reestrenada en 1949–. Tercero, desde el principio se observa un cambio radical en la importancia del gánster. Este pierde protagonismo respecto a producciones anteriores, como podrían ser Hampa dorada (Little Caesar, Mervyn LeRoy, 1931), la producción independiente Scarface (Howard Hawks, 1932) o Enemigo público (The Public Enemy, William A. Wellman, 1931), tres films a todas luces superiores al de Keighley. Ya no existe apología del gangsterismo, sustituida por la alabanza a las fuerzas del orden. El criminal —en los films señalados arriba—, tenía el protagonismo exclusivo, en G-Men se convierte en la excusa para desarrollar una apología contraria, la de los agentes federales, aunque no tan contraría, si pensamos en el uso de la fuerza bruta como medio para lograr sus fines —gracias a las leyes aprobadas hacia la mitad de la película, los agentes acaban teniendo un arsenal mayor que los delincuentes que persiguen—. Si en los primeros títulos dedicados a la figura del fuera de la ley existían simpatías hacia el delincuente o se mostraba en su triunfal ascenso y su inevitable caída, en esta película la figura a ensalzar es la del agente y la caída del criminal es consecuencia del bien hacer de la ley —y no de egos desatados u errores propios que los condenan—. Así vemos cómo Davis (James Cagney) se convierte en el héroe de la función e incluso su imagen, acorde a la época, es un estereotipo sin fondo emocional. Se apunta a la agencia federal para vengar el asesinato de un amigo; allí es el mejor de la clase, también el listillo que rivaliza con el instructor —a quien le unirá la admiración y la amistad—, se queda con la chica, pero carece del atractivo de los delincuentes previos interpretados por Edward G. Robinson, Paul Muni o el mismísimo Cagney, cuya cima gangsteril se encuentra en su Cody Jarret posterior, edípico y brutal en Al rojo vivo (White Heat, Raoul Walsh, 1949).



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...