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Rapsodia de sangre (1957)



La época, los hechos que en ella se suceden y sus distintas interpretaciones, condicionan el pensamiento de quienes la viven, lo cual implica que también el cine se encuentre condicionado por el momento y el lugar durante y donde los cineastas ruedan sus películas. Si se tiene en cuenta esta obviedad, quizá conviniese abordar Rapsodia de sangre (1957) desde el presente de su rodaje y explicar brevemente el anticomunismo pregonado por el franquismo y los cambios que se produjeron en la Unión Soviética tras el fallecimiento de Iósif Stalin. El vacío de poder que supuso la muerte de Stalin en 1953 fue aprovechado por Nikita Jrushchov para asumir el liderazgo del partido e introducir variaciones que distanciasen la política soviética del stalinismo dominante durante los años previos. Esta aparente transformación, y enfatizo aparente, afectó a las relaciones de la URSS con sus países satélites, caso de Polonía o Hungría, naciones que en vano intentaron aprovechar el ligero deshielo desde movimientos populares que pretendían libertades políticas, nacionales y sociales, incluso desde una ideología comunista, pero que no era la soviética. Mientras tanto, en España, el respaldo estadounidense que posibilitó en 1955 la entrada del país ibérico en la ONU provocó que el Régimen alardease de ser el paladín occidental contra las diversas interpretaciones de la teoría marxista. Esta intención quedó plasmada en películas como Murió hace quince años (Rafael Gil, 1954) y Rapsodia de sangre, que toma como excusa la revuelta húngara de 1956 para lanzar un discurso de propaganda que su responsable, Antonio Isasi Isasmendi, ubicó durante el levantamiento real que se produjo en Budapest.


Ya desde su inicio, la propaganda expuesta en 
Rapsodia de sangre crea un efecto boomerang que vuelve su discurso contra el propio franquismo, ya que en el film se observa que la dictadura atacada actúa de modo similar al gobierno de la España de la época, controlando los medios, empleando la represión y ofreciendo una imagen distante a la realidad que la afecta, lo cual no deja de ser irónico, pues, consciente o inconscientemente, en su intento de desprestigiar y acusar al totalitarismo soviético, el film de Isasmendi se convierte en el reflejo del autoritarismo español y de cualquier otro orden impuesto desde la privación de libertades que sufre la multitud que se congrega al inicio de la película ante la estatua del poeta y héroe nacional húngaro Sándor Petófi. Allí el malestar popular se descubre en las palabras de Dalmas (Arturo Fernández), que manifiesta su repulsa hacia el régimen al que señala como el responsable de haberles robado la religión, la nacionalidad, el pensamiento o la familia, lo cual delata la doble intención del film: atacar al comunismo y justificar el franquismo, que se vería a sí mismo como un baluarte occidental en la defensa del mundo libre contra el sistema que se extendía al otro lado del "telón de acero". Desde esa primera escena, el film de Isasmendi se decanta por conceder el protagonismo a la situación externa, la de una Hungría bajo el terror de un totalitarismo que no duda en aplastar a cuantos levanten la voz, que combina con la interna que se descubre en las relaciones de Andras (Vicente Parra) y María (María Rosa Salgado) y la del oficial soviético Solov (Albert Hehn) y su mujer (Lída Baarová), decepcionada e incapaz de soportar por más tiempo las injusticias del partido que su marido posiciona por encima del individuo. La siguiente secuencia muestra a Andras decidido a sumarse a los movimientos revolucionarios, por ello telefonea a Solov y rehusa participar en el concierto que el comandante ha preparado en honor del jefe político ruso que visita el país. Pero la decisión del prestigioso pianista choca con los planes de Dalmas, así que este le explica que su presencia en el auditorio es vital para asestar el golpe con el que piensan poner en marcha la revuelta que, mezclando imágenes ficticias con otras documentales, cobra su protagonismo hacia la mitad del metraje de una película que, aparte de su tono panfletario, desarrolla una intriga entretenida que no decae en su ritmo narrativo.

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