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Cuerno de cabra (1971)



De formación teatral, director escénico y profesor de Arte Dramático, Metodi Andonov debutó en la realización de largometrajes en 1968, pero, debido a su prematuro fallecimiento, su aportación al cine búlgaro se reduce a cuatro filmes, entre ellos Cuerno de cabra (Kozijat rog, 1971), su tercera película y uno de los títulos emblemáticos de la cinematografía búlgara.

La época en la que se ambienta la película podría ser cualquiera, no en vano se trata de una metáfora de su momento contemporáneo, el medio, rural, una pequeña propiedad donde Karaivan (Anton Gorchev) se despide de su familia antes de salir a pastar con sus cabras. En esos instantes iniciales, las imágenes exponen la cotidianidad del núcleo familiar, sin embargo, la propuesta de Andonov sufre un cambio radical cuando cuatro merodeadores irrumpen en la tranquila oscuridad hogareña y se produce, en toda su crudeza y brutalidad, la violación y muerte de la madre en presencia de su hija. A su regreso, el pastor se derrumba, aunque no tarda en recomponerse para quemar la casa con el cadáver en el interior y cortar los cabellos de la niña, a quien reprende por su llanto mientras exclama <<¡o te hago un hombre o te tiro a los perros! ¡Ya lo sabes, este mundo no es para las mujeres!>>. Sus palabras hablan de un entorno dominado por el sometimiento, el abuso de poder, el machismo y la crueldad, y anteceden a la voz en off que ubica el crimen presenciado por María en el siglo XVII. A pesar de tratarse de un tiempo concreto, el pueblo búlgaro bajo dominio otomano, al igual que otras producciones realizadas en los países firmantes del Pacto de Varsovia, Cuerno de cabra fue concebida como una metáfora de la situación político-social que se vivía en la Bulgaria comunista.


El relato avanza nueve años para descubrir a padre e hija (Katya Paskaleva) entrenándose con el fin de consumar su venganza. En ese instante la idea paterna ha condenado a María al aislamiento, a ser quien no es, a entrenarse para la lucha, a prescindir de su feminidad, de su voz y de sus ilusiones. Estas cuestiones señalan la imposibilidad que domina a la joven sometida, en quien aún no han despertado las pasiones que descubre cuando observa al cuarto hombre a quien le han ordenado matar. En ese instante lo contempla con su pareja; la ternura y el amor domina la escena que ella repite en su mente hasta que la materializa con un joven pastor a quien desde entonces visita todos los días, aunque sin conocimiento de ese padre cegado por la venganza obsesiva que ha robado la naturaleza de su hija para obligarla a renunciar a su esencia pacífica, ya que ella no soporta la violencia, como aquel crimen del pasado robó su infancia y la inocencia que desea recuperar entre los brazos del joven con quien mantiene la única relación luminosa que se muestra a lo largo de un film de pocas palabras, nada teatral a pesar de los orígenes profesionales de Andonov, que transmite desde los silencios, las miradas y los gestos, las emociones y frustraciones por las que atraviesan sus sufridos y atormentados protagonistas.

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