<<Cuando la película dio fin y volvieron las luces a la sala, todos se pusieron en píe respetuosamente. Hubo un tremendo silencio que nadie se atrevía a romper. Nadie hablaba. Franco, ya sin signo alguno de alteración, se levantó también, le dio su mano al director y se limitó a decir: “Muy bien, Sáenz de Heredia. Usted ha cumplido”. Nada más. Ni un adjetivo. Ni un asomo de estimación personal. El trabajo de José Luis, para quien lo ordenó, había sido simplemente eso, un deber cumplido. Militarmente cumplido.>> (2) Así, pues, se comprende la finalidad propagandística perseguida; hoy, tal propaganda resulta esclarecedora: la película de Sáenz de Heredia, ideada por el tal Andrade, alababa y ensalzaba la falsa grandeza ideada por unos, repudiada por otros y asumida a la fuerza y en silencio por el amplio resto. Desde la distancia que concede el paso del tiempo, la capacidad crítica y la libertad de expresión adquirida, Raza resulta indispensable para comprender la intención propagandística de una ideológica basada en catolicismo, ejército, nación y, sobre todo, en el culto al hombre. Toda dictadura personal es narcisista, a estas alturas ¿qué duda cabe? Por tanto, la (auto)propaganda es una constante de este tipo de régimen y resulta exageradamente panfletaria y maniquea en su intención de legitimar y glorificar a su máximo exponente. Esta última circunstancia sale a relucir desde el inicio de Raza, en los protagonistas de la historia, a quienes se les concede un linaje ilustre que desciende del científico y general Churruca, cuestión que se recalca cuando se descubre al cabeza de familia inculcando valores a los suyos antes de partir hacia Cuba, donde se produce su muerte y la pérdida colonial de la cual se culpa a los liberales.
(1) José Luis Sáenz de Heredia a Antonio Castro: El cine español en el banquillo. Fernando Torres Editor, Valencia, 1974.
(2) Fernando Vizcaíno Casas y Ángel A. Jordán: De la checa a la meca. Una vida de cine. Editorial Planeta, Barcelona, 1988.




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