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La Patagonia rebelde (1974)



Entre dictaduras militares, Argentina respiró un soplo de libertad que, en el ámbito cultural, propició la desaparición de la censura. En su ausencia,
Héctor Olivera y su socio en Aries Cinematográfica Argentina, el también cineasta Fernando Ayala, escribieron la adaptación cinematográfica de Los vengadores de la Patagonia trágica (1972-1974), en la que el historiador y periodista Osvaldo Bayer (que también colaboró en el guion) revisaba los trágicos sucesos acaecidos entre 1921 y 1922 en <<una tierra argentina trabajada por peones chilenos (y de otras procedencias) y explotada por un grupo de latifundistas y comerciantes>>. La perspectiva crítica asumida tanto por Bayer en su ensayo (al que pertenecen las palabras anteriores), que concluyó en 1978 durante su exilio, como por Olivera en La Patagonia rebelde (1974), al igual que la más politizada de Jorge Cedrón en Operación Masacre (1972) o la de Ricardo Wullicher en Quebracho (1973), solo serían posibles en circunstancias favorables para la libertad de expresión, pues sin ella el periodismo, la literatura, el cine y quienes desean expresar sus ideas sin temor deben buscar alternativas que eviten su conversión en herramientas de control y de manipulación al servicio del totalitarismo u oligarquía de turno. De modo que, gracias a la ausencia de la censura —aunque hubo presiones que provocaron el cambio del final previsto—, se pudo llevar a cabo la denuncia que se explicita en el film, la cual expone la implicación militar en la masacre acontecida en 1921, pero sin dejar de mirar a un pasado más reciente y al presente (el golpe de estado chileno era una realidad que podría darse en Argentina) que precedió a una nueva etapa de represión.


La Patagonia rebelde
se inicia en enero de 1923 mostrando el rostro del teniente coronel Zavala (Héctor Alterio), a quien un anarquista sorprende a la salida de su casa para darle muerte porque es <<el hombre más aborrecido y odiado por los obreros. Lo llaman "el fusilador de la Patagonia", "el sanguinario"; lo acusan de haber ejecutado en el sur a 1500 peones indefensos. Les hacía cavar las tumbas, luego los obligaba a desnudarse y los fusilaba. A los dirigentes obreros los mandaba apalear y sablear antes de dar la orden de pegarles cuatro tiros>>. La presentación del oficial escrita por Bayer en su libro también implica la pregunta posterior de si <<¿es así el comandante Varela (Zavala en la película), tal cual dice la leyenda?>>. La respuesta se concreta cuando la historia retrocede tres años y se ubica en Río Gallegos, en la sede anarcosindicalista donde, ante la continúa explotación laboral de la que son víctimas, los allí reunidos debaten cómo poner fin a su precaria condición de oprimidos dentro del sistema oligárquico de los terratenientes. Este instante precede al enfrentamiento entre el explotado y el explotador, pero el film de Olivera expone esta lucha desde la implicación militar que perpetúa el control de la minoría defendida por el oficial asesinado al inicio del film. Zavala visita por primera vez la zona y evalúa la situación. En ese momento comprende que la huelga de los obreros encuentra su justificación en la explotación que sufren a manos de los patrones. Su pobreza y las condiciones laborales medievales los han llevado al paro indefinido, y a algunos a asumir la violencia como respuesta a la sufrida, de modo que, defendiendo los derechos del trabajador, el teniente coronel consigue poner fin a la revuelta mediante la firma de un convenio que, para <<los hombres de bien>>, como define a los de su clase el gobernador Méndez Garzón (José María Gutiérrez), solo es papel mojado. Los logros sociales de Antonio Soto (Luis Brandoni), de Schultz "el alemán" (Pepe Soriano) o de Facón "Grande" (Federico Luppi) no son más que la ilusión pasajera que antecede al rebrote de la violencia, más cruenta y definitiva. Las presiones internas, también las externas que tienen su origen en los intereses extranjeros, provocan que el gobierno, elegido por sufragio democrático, envíe de nuevo a Zavala, aunque ahora con las órdenes precisas de <<acabar con los anarquistas y rojos>>. Solo así podrán mantener su lugar los hombres como el ex-gobernador Méndez, aunque este prefiere decir que <<solo así esta tierra podrá ser argentina>>. Esto corrobora que los latifundistas no contemplan la situación de los trabajadores, como tampoco lo hace el militar que asume su misión de limpiar la zona empleando el asesinato y la traición, no solo la que supone romper las treguas sino aquella que comete contra su país, porque ¿qué es un país sino el pueblo que le da forma y sentido? <<Podrán decir que fui un militar sanguinario, pero jamás podrán decir que fui un militar desobediente>>, asegura consciente de sus actos y de que el ejército bajo su mando ha funcionado como agente represor, una función que, poco después del exitoso estreno de La Patagonia rebelde, los militares volverían a asumir en Argentina, donde una nueva dictadura estaba a punto de asentarse en el poder, y con ella la ausencia de libertades que no se recuperarían hasta 1983.

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