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Cazador de forajidos (1957)



A punto de rodar La última bala, se produjeron una serie de diferencias creativas entre Anthony Mann, el guionista Borden Chase y James Stewart, las cuales provocaron que Mann se apartase de un proyecto que finalmente resultó bastante mediocre. Todo lo contrario sucedió en su siguiente película, Cazador de forajidos (The Tin Star), un western que, en apariencia, se alejó del estilo expuesto en los cinco que había rodado con Stewart como protagonista. La figura de Mann resultó indispensable en la evolución del western, no solo por sus magníficos films de itinerario por espacios abiertos como Winchester 73, Horizontes lejanos, Tierras lejanas o Colorado Jim, sino también por los más intimistas, ubicados en espacios cerrados como Las Furias, El hombre del oeste o este largometraje que encierra una brillante reflexión sobre la toma de decisiones y la soledad que estas conllevan. En Cazador de forajidos, el cineasta sustituyó los paisajes exteriores por un entorno cerrado, por momentos opresivo, a donde acude Morgan Hickman (Henry Fonda) para cobrar la recompensa que la ley ofrece por entregar, vivo o muerto, a un delincuente buscado por la justicia. Pero, a pesar de que actúe dentro de la legalidad, en el pueblo siente la repulsión que su profesión genera en los ciudadanos, ya que para los hombres y mujeres de bien el oficio que desempeña solo puede ser ejercido por individuos indignos de ser aceptados entre ellos. Esta sensación de rechazo ya sería familiar para un hombre maduro, con un pasado repleto de situaciones que lo han hecho como es en ese instante durante el cual su presencia en la ciudad choca con la imagen inexperta del sheriff Owens (Anthony Perkins), a quien se descubre empeñado en cumplir con una obligación que le supera, aunque que no tiene intención de abandonar su cargo porque sabe que nadie más lo asumiría. Su empeño y sus limitaciones provocan que solicite ayuda al forastero cuando este le confiesa que durante muchos años lució una estrella similar a la que cuelga de su chaleco. Cazador de forajidos presenta varios aspectos comunes a otros largometrajes de Mann, por un lado se descubre en las figuras de Morgan, de Mona Mayfield (Betsy Palmer) y su hijo mestizo, Kip (Michael Ray), a los personajes repudiados por los miembros de una comunidad que se cree perfecta (en su condición moral), a pesar del racismo, prejuicios, insolidaridad y el miedo que parecen sustentarla. Por otra parte, se materializa un aprendizaje en dos direcciones, el cual se desarrolla entre el representante de la ley y el perseguidor de bandidos. Morgan aconseja a Owens, a pesar de que no desea hacerlo (ya no cree en nada), sin embargo le instruye haciendo hincapié en que debe ganarse el respeto e imponerse a una multitud que en ocasiones se descontrola. Del mismo modo que el veterano enseña aspectos desconocidos para el joven, este le muestra el tesón y la constancia en la aceptación del deber, que el cazarrecompesas ha eludido desde las muertes de su mujer e hijo después de una larga enfermedad de la que no pudo salvarlos, porque sus vecinos, gente de bien como la que vive en ese espacio donde se encuentra en el presente, le negaron su ayuda, momento que lo convirtió en un individuo desilusionado con su entorno y con quienes lo habitan. 

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