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Gritos y Susurros (1972)


La enfermedad de Agnes (
Harriet Andersson) provoca la visita de sus dos hermanas, con quienes comparte la distancia que las separa, condenadas a una existencia tormentosa en la que los recuerdos y los reproches se hacen más audibles en torno a la figura de la moribunda. Así se descubre la frialdad que domina a Karin (Ingrid Thulin), frustrada y atormentada hasta el extremo de no soportar el contacto físico de aquellos que la rodean, incapaz de aceptarse o aceptar, como se descubre en su relación matrimonial o con su hermana María (Liv Ullmann), todo apariencia, también insatisfecha en su matrimonio y amenazada por un envejecimiento que no desea, pero que no la perdona. Ingmar Bergman contó en Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) con tres de las actrices más frecuentes en su cine para recrear a tres mujeres capaces de transmitir la intensidad del vacío que les ha condenado a la soledad y a la incomunicación, que en presencia de la muerte, tema recurrente en la obra del cineasta, cobran mayor fuerza, condicionando sus comportamientos y el de Anna (Kari Sylwan), la doncella que ha cuidado de Agnes durante los últimos doce años, silenciosa ante la presencia de esas mujeres que sólo guardan en común la infancia que compartieron y el tormento que les produce sus relaciones dentro del entorno que habitan. Bergman construyó un film denso y crudo, alrededor de la idea del dolor y la represión provocada por las pasiones ocultas o por la cercanía de la muerte de Agnes, a la que no saben cómo enfrentarse mientras recuerdan los momentos que las marcaron y las convierten en seres agónicos, atormentadas por inquietudes que no pueden o no saben expresar y que han encerrado en el interior del muro que las separa. En Gritos y susurros destaca la presencia del rojo, en los títulos de crédito, en los fundidos y en las habitaciones de la mansión, signo de las emociones reprimidas y de la angustia que habita en María y Karin, cuya agonía no es física como la que sufre Agnes, sino espiritual, nacida de una vida de apariencia que aceptan como parte de las convenciones sociales que las oprime, controla y que nunca podrán dejar atrás, salvo durante un corto paréntesis de gritos y susurros que se perderá en el olvido.

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