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El ladrón de Bagdad (1940)


El apellido Korda resultó fundamental para el desarrollo de la industria cinematográfica británica, estos hermanos de origen húngaro, encabezados por Alexander, productor y director, fueron los responsables de El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1940), sin olvidar que el film fue, en parte, dirigido por uno de los grandes directores ingleses, Michael Powell. Powell sería el encargado de dirigir la adaptación de uno de los cuentos de Las mil y una noche, sin embargo, fue Zoltan Korda quien empezaría el rodaje encargándose de la segunda unidad. La filmación de El ladrón de Bagdad no fue un camino de rosas, pues la Segunda Guerra Mundial obligó a detener el rodaje, puesto que los hermanos Korda se trasladaron a Estados Unidos, donde tiempo después continuarían con la filmación de una de las grandes producciones de aventuras fantásticas de aquella época. De este modo, como consecuencia de los imprevistos, fueron varios los directores que se unieron a la fantasía oriental puesta en marcha por Alexander Korda (quien, aparte de producirla, colaboraría en tareas de dirección); realizadores como Tim Whelan, Ludwig Berger o William Cameron Menzies (reputado director artístico y ocasional realizador) formaron parte de un proyecto en el que los efectos especiales (sorprendentes para la década de 1940) y el colorido que prometía el technicolor serían dos excelentes reclamos para su posterior éxito, sin olvidar los espectaculares decorados realizados por otro de los Korda, Vincent.

La fantasía comienza en en el presente de Ahmad (John Justin), un joven ciego que pide limosna en compañía de su perro; sin embargo, este mendigo, no tardará en descubrir su verdadera identidad cuando narra a las mujeres de palacio su desgracia, que para él fue como un comienzo a una nueva, y más plena, existencia. ¿Quién es este invidente? Ahmad fue en otro tiempo el califa de Bagdad, un joven que nada sabía de su pueblo, porque aceptaba, sin dudar, los consejos de su visir, el malvado mago Jaffar (Conrad Veitd). Jaffar destapó su vileza mediante una infame traición que a la postre produciría la caída del califa, pero también sería, inconscientemente, el responsable de que Ahmad comenzase a disfrutar de otra realidad: la verdadera vida, ya que hasta ese momento se le podría considerar como un preso dentro de un palacio de oro. La traición sirve para que la amistad se cruce en el camino del joven califa, quien se encuentra con un ladronzuelo llamado Abu (Sabu), quien ya no dejará de ser su fiel amigo; y el verdadero héroe de la historia que se narra. Tras el flashback que muestra los hechos anteriores, así como la explicación de la ceguera o el encuentro y enamoramiento de Ahmad y la princesa (June Duprez), la fantasía regresa al presente para dar rienda suelta a la imaginación y a la diversión. Caballos mecánicos que surcan el aire, un malvado sin ninguna emoción salvo su afán de poder, un genio tramposo atrapado en una botella durante dos mil años o la archifamosa alfombra voladora surcando los cielos de Bagdad, pasaron a formar parte de la historia del cine gracias a la unión de todos esos nombres que hicieron posible esta aventura fantástico-romántica que une a dos enamorados destinados a sufrir la separación a la que se ven condenados por las malas artes de Jaffar, siempre peligroso, siempre vil, siempre un villano espléndido. Pero no todo está perdido para los amantes, pues el pequeño héroe surge cuando más se le necesita, sin que piense en ningún momento en sí mismo, salvo cuando se trata de su estómago, porque su amigo le necesita. Y después ¿qué? <<Un  poco de diversión y aventura>>, como dice Abu, pues esa sería la meta pretendida y alcanzada por esta colorista producción en la que la fantasía se hizo cine; ¿o fue a la inversa?

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