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El único evadido (1957)

Igual que hay un subgénero bélico centrado en los submarinos, existe otro dedicado a las evasiones de los campos de prisioneros y, por moderado que sea a la hora de negar u otorgar superioridad o inferioridad a un film,  no me cuesta afirmar que  La gran ilusión (La grande illusion, Jean Renoir , 1936), ambientada durante la Gran Guerra (1914-1918), es la mejor de las películas que he visto sobre el tema. Otras que sobresalen sobre el resto son La gran evasión (The Great Escape, John Sturges, 1963), quizá la más popular de las fugas bélicas cinematográficas,  Traidor en el infierno (Stalag 17, Billy Wilder , 1952), La fuga de Colditz (The Colditz Story, Guy Hamilton, 1955), El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, David Lean , 1957) o Evasión o victoria (Victory, John Huston , 1981), incluso el western Fort Bravo (John Sturges, 1954), que se ambienta durante la guerra de la Secesión (1861-1865). Hay muchas más, pero, preferencias aparte y centránd...

La verdad (2015)

La gente confía en los rostros televisivos que asoman en informativos, reportajes, tertulias en la mañana o por la noche; da por hecho que les informan y les dicen la verdad. Para muchos televidentes, las opiniones expresadas por tales caras amigas —pocas hay que se ciñan a la información sin introducir tendencia, su perspectiva y algo de publicidad— son más que palabras: son ley. El público en su incapacidad crítica no las reflexiona, no las contrasta ni siquiera las duda. Las da por hechas y por hechos; es decir, son la verdad sucedida. ¿Por qué no habría de hacerlo, si la televisión presume decir verdades? Pero habría que determinar qué es la verdad, si significa para todos lo mismo, si se puede llegar a un acuerdo que implique que su significado sea de uso “común” y no partidista, a capricho manipulador; si no, ¿de qué verdad se estaría hablando? ¿De la tuya? ¿De la mía? ¿De la de aquel o aquella otra? De cualquier forma, queda claro que relatar los hechos y el desvelar tapados son...

La batalla desconocida (2016)

Antes de familiarizarme con la tabla periódica, ya conocía la existencia del wolframio (W), aunque ignoraba que también recibiese el nombre de tungsteno, el cual se debe al sueco Axel Fredrik Cronstedt, descubridor del niquel (Ni). Pero, al principio, solo era una palabra que, a cada viaje, avivaba mi curiosidad infantil, la cual me animaba a preguntarme qué quería indicarme aquel viejo letrero de carretera donde leía “Mina de Wolframio”. Todavía desconocía que se trataba de un metal de transición, situado hacia la mitad de la tabla (grupo 6, periodo 6), tardaría varios años en saberlo, pero cada vez que pasaba delante de aquel indicador, me sorprendía preguntándome cómo sería la mina y qué era aquel nombre que empezaba por W. Salvo alguna excepción, desconocía cualquier palabra que empezase por una consonante tan rara en castellano y en gallego; más adelante descubrí otras que se inician por dicha letra, tal que “güisqui”. Pero esta implicaría contar otra película, quizá la de Días si...

Grita libertad (1987)

En algunos policiacos se dejan oír voces que piden <<léanle sus derechos>> y otras que explican que <<tiene derecho a guardar silencio; todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra. Tiene derecho a un abogado. De no poder costearlo, se le asignará uno de oficio>>. Esto reduce los Derechos a dos, que aumentan a tres al incluir una llamada telefónica; pero no es de lo que quiero hablar. Tampoco de que sin dinero, a priori, la defensa a la que se tiene derecho será peor que si se pueden costear los servicios de los mejores abogados, que no son de oficio y son quienes más cobran por alquilar su tiempo y su dedicación. Quizá me equivoque, pero esto parece indicar cierta desigualdad del individuo (según sus posibilidades económicas) ante la ley y dentro del sistema legal que no siempre responde a la idea de justicia moral y natural. Pero lo que me llama la atención es otra cosa: el derecho legal a permanecer callado. No suele hablarse de él, pues, habitualmente, ...

Elizabeth Taylor, un lugar en el cine

A la edad en la que muchas niñas aún van al parque a jugar, Elizabeth Taylor empezaba a trabajar y debutaba en el cine. Tenía nueve años y tres después, ya era una estrella. Pero, al contrario que tantos prodigios infantiles que alcanzaron dicho estatus, ella no hizo más que acrecentar su popularidad y su brillo con el paso de la infancia a la edad adulta. Siendo su época de mayor esplendor la comprendida entre las décadas de 1950 y 1960 —en esta última obtuvo sus dos premios Oscar—. A los treinta años ya era la actriz mejor pagada de Hollywood. Fue la primera en cobrar un millón de dólares por una película, Cleopatra ( Joseph L. Mankiewicz , 1963), la cual también sería el inicio de su relación personal —que una y otra vez salía a la luz publica— y profesional con Richard Burton. Trabajaron juntos en doce películas; siendo la ultima común la televisiva Se divorcia él, se divorcia ella (Divorce His, Divorce Hers, Waris Hussein, 1973). Por entonces, ya imponía sus condiciones a los pr...

Agárralo como puedas (1988)

Un caso curioso el de Leslie Nielsen, actor que debuta en la televisión en 1950 e interpreta su primera película para el cine en 1956. Ese mismo año es el héroe de Planeta prohibido (Forbidden Planet, Fred M. Wilcox, 1956) y, entrada la década de los setenta, el capitán de La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, Ronald Neame, 1972), pero no alcanza popularidad mundial hasta que da vida al doctor Rumack en Aterriza como puedas (Airplane!, David Zucker, Jim Abrahams y Jerry Zucker, 1980), treinta años después de iniciada su carrera de actor. Más impactante sería el éxito obtenido con su Fran Drebin, el personaje por el que sería reconocido y recordado, al que se le asocia de inmediato, y que marcaría la parte final de su carrera, ya no por las dos secuelas que protagonizaría, sino por los títulos que siguieron, la mayoría parodias de éxitos cinematográficos. Drebin aparece por primera vez en 1982, en la serie Escuadrón de policía (Police Squad!, 1982), creada por Jim Abraha...

El juez Priest (1934)

La entrada tres mil trescientos noventa y ocho de vadevagos es especial por lo redondo que tiene la cifra si la elevo a 0 y sumo al resultado -1; y de ahí que la celebre como cuando de adolescente me burlaba de tal redondez coronando en color rojo la parte superior derecha de mis exámenes de lengua castellana, lingua galega e inglés. Me burlaba porque aquello solo era un número y, por tanto, no me definía, por mucho que ya entonces todo pareciese intentar reducirse a meras cifras para acelerar el proceso; pero el proceso de qué. ¿El anunciado en un título de Kafka? Además, lo mío era la historia, la que me estaba construyendo y destruyendo, la física, las matemáticas y la ausencia. Todavía hoy no sé si estoy, pero lo intento mientras recuerdo que aquellos ceros académicos no me preocupaban lo más mínimo, pues ya los cambiaría. Mas ese no es el tema, lo que aquí trato de celebrar es que esta entrada de cifra a la fuerza redonda coincide con líneas dedicadas a John Ford, cuyo cine sí le...