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Sacrificio (1986)



Las películas de Andrei Tarkovski pueden provocar diferentes reacciones en quienes las visionan, cada cual tan legítima como la anterior. Algunos dicen que no las comprenden, además de no sentir predilección por ellas, otros reconocen que tampoco las han entendido, pero sí gustado, también los hay que cree entenderlas, como existen aquellos que se limitan a dejarse envolver por el lenguaje visual de un autor tan diferente como convencido de que el cine evolucionaría hasta convertirse en un arte puro, ajeno a cualquier otro. Sea cual sea la interpretación que el espectador conceda a sus películas, todas ellas pueden ser válidas, ya que la poética visual de Tarkovski, abstracta y compleja, perseguía la sinceridad que le permitiese expresar sus inquietudes y sus emociones al tiempo que el público sintiese, reflexionase e hiciese suyo aquello que observaba en la pantalla. Quizá, por esta intención, una película como Sacrificio (Offret), rodada cuando se encontraba en el exilio, posea múltiples interpretaciones. Aunque para un hombre de convicciones religiosas como Tarkovski esta sería la parábola que le permitió mostrar el alma humana en un entorno y un tiempo deshumanizado, donde los valores y los mensajes importantes pasan desapercibidos, sustituidos por un materialismo mal entendido y una tecnología mal empleada. <<Las palabras se van degradando cada vez más, no significan ya -esta es la experiencia de Alexander- nada más, pero los mensajes más importantes, los que podrían transformar nuestras vidas, esos ya no nos alcanzan>> (Esculpir en el tiempo, Andrei Tarkovski). Como consecuencia, su personaje principal, Alexander (Erland Josephson) se encuentra espiritualmente cansado, viviendo una existencia que no colma sus necesidades ni calma sus inquietudes, las cuales comparte con su hijo pequeño a quien idolatra y narra una vieja leyenda mientras riega el árbol que representa la fe del cineasta, la misma fe que existe en el protagonista, pues en ella reside la esperanza de que se produzca el milagro que devuelva el sentido a un mundo que parece abocado a la destrucción simbolizada en la guerra atómica que se desata sin previo aviso. Para evitar las consecuencias de la hecatombe, el personaje se aferra a la posibilidad de que se produzca un milagro, puesto que él todavía cree en ellos, por eso ruega a un ser supremo, a quien promete abandonar todo contacto con el medio físico en el que habita si se confirma la salvación que descubre posible cuando Otto (Allan Edwall), el enigmático cartero, le asegura que todo volverá a la normalidad si pasa la noche con María (Gudrún Gisladóttir), la sencilla criada a quien se le otorga poderes de bruja. Los largos planos, como el que abre el film o la secuencia de la casa ardiendo, las reflexiones, los sonidos y los silencios, la presencia de Otto, de quien nada se sabe salvo que colecciona sucesos inexplicables, la noche que el sacrificado pasa con María o los lentos movimientos de los personajes, provocan en Sacrificio la sensación de encontrarse en un espacio ajeno al tiempo y a la realidad, un espacio que remite a la interioridad de Alexander (en quien se representa la última oportunidad para ser de nuevo persona), a sus dudas, a sus pensamientos o, dicho de forma más precisa, al alma humana donde habita la cordura y la locura, el bien y el mal, el miedo y el valor, la tristeza y la felicidad, el conocimiento y la ignorancia y tantas otras parejas de contrarios, pero también esa esperanza a la que se aferra, así como la incomunicación que domina en su vida y la incapacidad para dar respuestas en un entorno que desea preservar para que los suyos comiencen de nuevo tras su sacrificio, o según la interpretación que se quiera dar también podría ser su ruptura voluntaria con el mundo que rechaza o el signo de su locura (como creen aquellos que le rodean).

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