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Demasiado tarde para lágrimas (1949)



El nombre de Byron Haskin ha quedado asociado al clásico de ciencia-ficción que rodó en 1952, pero su primer contacto con el cine se produjo tres décadas antes de que filmase La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1952) Sus inicios datan de la época silente, en la que participó como fotógrafo, diseñador de efectos especiales (labor que continuaría realizando hasta el año 1944) e incluso como director, faceta en la que debutó en 1927 con la película Flor de cabaret (Matinee Ladies), sin embargo no sería hasta 1948 cuando dio continuidad a su carrera como realizador. A partir de ese momento Haskin demostró ser un cineasta todoterreno, capaz de lidiar con la ciencia-ficción, la aventura
, el western o el cine negro, género en el que se inscribe esta destacada producción en la que la nocturnidad domina desde su arranque, cuando los Parker, un matrimonio de clase media, transitan por una solitaria carretera. La pareja se dirige a una reunión social a la que Jane (Lizabeth Scott) no quiere asistir, pues aduce que no se siente a gusto en compañía de una mujer que presume de su privilegiada situación económica. Este hecho, que a simple vista podría pasar por una trivialidad en la cotidianidad del matrimonio, esconde parte de los anhelos frustrados de una esposa aparentemente satisfecha con su relación matrimonial, pero cuyo comportamiento cambia cuando descubre que, desde un coche que sale de la nada, les acaban de arrojar un maletín que contiene 60.000 dólares. En ese instante la tentación marca su pensamiento, sus actos y sus palabras, con las que intenta convencer a Alan (Arthur Kennedy) para quedarse con la suma y así acceder a las comodidades y lujos que siempre ha deseado, pero que ni en éste ni en su anterior matrimonio ha podido alcanzar. Alan se somete a la voluntad de su pareja después de que aquélla le asegure que nadie puede saber que el dinero ha caído en sus manos. Pero, a pesar de haber cedido a los deseos de su mujer, no tarda en volver a mostrar sus dudas al respecto de apoderarse del botín; incluso después de guardar el maletín en la consigna de la estación afirma que lo mejor sería entregarlo a la policía, ya que deberían conformarse con ser quienes son y con lo que tienen. La codicia y la ambición de Jane se niegan a escuchar el juicioso razonamiento del esposo, negativa que augura su transformación en una mujer fatal capaz de cualquier cosa con tal de poseer aquello que anhela. Así se descubre a Jane, engañando a su marido después de que Danny Fuller (Dan Duryea) (a quien iba destinado el pago de un chantaje) se presente en su casa y la amenace para que le entregue el dinero. Sin embargo, ella no se amilana, y maneja la situación con sangre fría, pues no pretende dejar escapar lo que ya considera suyo. Jane deja atrás cualquier atisbo moral para embarcarse en una espiral de mentiras y engaños que desvelan su personalidad manipuladora e incluso letal, como sucede en las oscuras aguas del lago donde iba a encontrarse con el chantajista, cuando, apunto de arrepentirse de su comportamiento, en un forcejeo se dispara la pistola con la que pretendía matar a Fuller. A partir de este instante Demasiado tarde para lágrimas (Too Late for Tears, 1949) hace honor a su título y muestra a una ambiciosa que ni puede ni quiere echarse atrás, y que no duda en utilizar al hombre que pretendía eliminar para hundir el cadáver de Alan. Sin remordimientos, sabe que solo así puede quedarse con los dólares, regresa a casa y vuelve a recurrir a la mentira, en esta ocasión la engañada resulta ser su cuñada (Kristine Miller), y poco después el policía que investiga la desaparición de su marido. Lo mejor de Demasiado tarde para lágrimas reside en la turbia atmósfera que se crea alrededor de una mujer que juega con quienes se encuentran en su radio de acción, empleando el embuste o planeando uno o dos asesinatos, porque para ella cualquier medio vale para materializar su deseo de poseer el dinero que debe recuperar de la consigna. Durante todo este tiempo, el film de Byron Haskin resulta una excepcional muestra de cine negro, en el que se descubre que la idílica relación matrimonial resulta un cúmulo de frustraciones para esta mujer controladora, decidida y amoral, que no duda en manipular a su esposo, a su cuñada o al supuesto delincuente, que en su manos se convierte en una víctima más de su codicia. Sin embargo, la aparición de Don Blake (Don DeFore), un supuesto amigo de Alan, provoca un bajón en la historia, al cobrar éste un protagonismo que lleva directamente a un final previsible que desentona con las dos terceras partes del metraje, las que convierten a Demasiado tarde para lágrimas en otra de esas grandes películas que suelen etiquetarse como una pequeña joya del género.

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