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King Kong (1933)


 

Esta producción, uno de los grandes hitos del cine fantástico de aventuras, inicialmente iba a ser un documental sobre gorilas, o al menos tal era la idea que rondaba por la mente de Merian C. Cooper antes de comprender que no conseguirían la financiación necesaria para llevar a cabo el proyecto. Al parecer, ante la falta de medios, a Cooper se le ocurrió un modo distinto para acercarse al mundo de los simios y en compañía de Ernest B. Schoedsack, con quien formó durante años una reconocida pareja de documentalistas, optó por filmar esta variante del mito de la bella y la bestia que destaca por su carácter onírico-fantasioso y por los espectaculares y sorprendentes efectos especiales desarrollados por Willis O'Brien, los cuales juegan un papel fundamental en el desarrollo de un amor imposible, ya que el verdadero protagonista es ese simio gigantesco que se deja deslumbrar por la belleza que descubre en la joven actriz de quien se enamora, sin comprender que nunca será correspondido. Pero anterior al paseo del gorila por las avenidas de Nueva York se puede descubrir en El mundo perdido (The Lost WorldHarry Hoyt, 1925), basada en la novela homónima de Arthur Conan Doyle, un antecedente en un dinosaurio que destroza las calles de Londres después de ser apartado de su lugar de origen, que, al igual que el espacio ocupado por el rey Kong, se encuentra anclado en el tiempo.


Aparte del hecho de que Kong no fuese el primer coloso en caminar por una gran urbe, King Kong (1933) es una producción pionera en el uso de miniaturas, maquetas y trucajes que posibilitaron que sus contemporáneos pudiesen observar la lucha de este enamorado por alcanzar lo imposible o, dicho de otro modo, por conseguir la belleza cegadora y que le lleva hasta lo más alto del Empire State Building, donde se produce una de las muertes más líricas del cine fantástico. Con tales sentimientos guiando sus pasos no se puede decir que el simio, hipnotizado por la hermosura de su musa rubia, sea el
 monstruo de la función, ni siquiera lo son los fieros dinosaurios que habitan en el mundo prehistórico en el que irrumpe el verdadero villano, que no sería otro más que la ambición que habita en Carl Denham (Robert Armstrong), el cineasta cuyo único pensamiento gira en torno a los beneficios que le podría reportar su nueva película, y posteriormente los que conseguiría al exhibir a la excepcional criatura. De ese modo, guiado por su ambición, Denham se desentiende de la seguridad de quienes le acompañan en la expedición a la misteriosa isla al oeste de Sumatra, cuestión que ya se percibe desde el momento de su presentación al inicio del film, cuando el barco todavía se encuentra anclado en el puerto de Nueva York a la espera de conseguir una actriz para su próximo film. Sin embargo, su mala reputación provoca el rechazo de las actrices, contratiempo que le convence para salir a la calle y descubrir a una chica que le sirva como la víctima de su historia. En todo momento Denham es consciente del destino al que se dirigen, aunque por algún motivo mantiene sus conocimientos en secreto, sin compartirlos con quienes se implican en la aventura; ni siquiera hace partícipes al capitán Englehorn (Frank Reicher) o a la famélica joven que rescata del puesto de frutas, y a quien convence para que se una a la expedición en calidad de actriz. Esta primera parte de King Kong presenta a los personajes humanos, de igual modo, muestra las relaciones entre los protagonistas y el amor que surge entre Ann Darrow (Fay Wray) y John (Bruce Cabot), el insípido primer oficial del barco en el que navegan rumbo a lo desconocido. No obstante, este comienzo pudo haber sido otro muy distinto si Cooper y Schoedsack no se hubiesen enfrentado a los productores, que pretendían que la acción se desarrollase desde su inicio en la isla de la calavera, cuya ubicación solo es conocida por Denham. En esa tierra perdida en medio del océano se alza la montaña de la calavera y un gigantesco muro de piedra que protege a los nativos que descubren en Ann a la ofrenda perfecta para calmar a la bestia que temen, y que no sería otra más de Kong, el amante condenado a perecer por ese mismo amor que siente. King Kong se convirtió en uno de los grandes iconos de la historia del cine, y en un referente que daría pie a secuelas, remakes y otras producciones donde se descubre la influencia de sus efectos especiales, los mismos que llamaron la atención de espectadores poco o nada acostumbrados a observar a dinosaurios y a un gorila gigantesco enfrentados en una lucha mortal, del mismo modo que les sorprendería descubrir al descomunal simio sembrando el pánico por las calles de Nueva York tras ser apartado contra su voluntad de su hábitat, víctima de la ambición, el mercantilismo y la egolatría que dominan en la personalidad del cineasta, capaz de sacrificar cualquier cosa o persona con tal de alcanzar la gloria que significa mostrar a Kong como un espectáculo de feria sin sentimientos, que sí posee y que le convierte en el héroe romántico de esta mítica producción.

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