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La saga de Gösta Berling (1924)


Su calidad cinematográfica es incuestionable, pero este clásico del cine mudo a menudo se recuerda por la participación de una joven actriz que no tardaría en convertirse en un mito del celuloide. Greta Gustafsson más conocida por su nombre artístico Greta Garbo destacó en este drama romántico en el que interpretó a una de las enamoradas del personaje principal. El papel de Elizabeth no fue el primero que interpretó la actriz, aunque sí sería el más importante hasta esa fecha, en la que se puso en manos de uno de los cineastas más reputados del periodo silente sueco. El realizador Mauritz Stiller la tomó bajo su protección, cambiando su nombre real por aquél por el que sería conocida y recordada por todos los amantes del cine. Además, cuando el productor Louis B. Mayer le propuso dirigir en Hollywood, Stiller se llevó con él a la joven, a quien intentó introducir en la meca del cine-industria para convertirla en su estrella. Pero el director de Erotikon (1920) fue mucho más que el impulsor de la carrera artística de "la divina" Garbo. Junto a Victor Sjöström, otro grande del cine, Stiller fue el cineasta escandinavo más sobresaliente de la etapa muda, con una carrera que se inició en 1912 y que abarca unos cuarenta y ocho títulos entre cortometrajes y largos. Retrocediendo a 1891, dos décadas antes de que se produjese el debut de Stiller, otro personaje destacado de la cultura sueca, Selma Lagerlöf publicó su primera novela, La saga de Gösta Berling; desde ese momento se convirtió en la novelista más reputada y leída en su país natal, donde en 1909 sería galardonada con el premio Nobel de Literatura, siendo la primera escritora en conseguir dicho reconocimiento. La popularidad de las obras de Lagerlöf era tal que resultaba inevitable que Stiller, como también lo fue para Sjöström, realizase adaptaciones cinematográficas de las mismas; así pues, tres de sus películas se inspiraron en escritos de la novelista: la excepcional El tesoro de Arne (1919), La saga de Gunner Hede (1923) y este magnífico melodrama que a la postre sería su último largometraje en Suecia y una de sus obras capitales (como también lo es la primera de las nombradas).


Como solía ser costumbre por aquellos años en producciones de esta envergadura, el film fue dividido en actos (dos) que alcanzan una duración total que supera las tres horas de metraje, tiempo más que suficiente para realizar un detallado recorrido por la sociedad sueca de finales del siglo XIX. Los intertítulos iniciales ubican la trama en Ekeby, en una hacienda donde se descubre a doce desheredados entre quienes destaca la figura de Gösta Berling (
Lars Hanson), de quien pronto se conoce su pasado mediante la analepsis que retrae la historia a cuando, dominado por su afición al alcohol, aquél ejercía de clérigo. En ese primer instante se comprueba que Gösta es un inadaptado, atormentado por su pertenencia a una comunidad hipócrita que le censura, y que él censura desde el púlpito poco antes de abandonarla e instalarse como preceptor de una joven de quien se enamora. Sin embargo, el destino de Berling se antoja trágico, obligado a abandonar a Ebba (Mona Masterson) como consecuencia del plan urdido por la madre de aquélla. La primera parte de La saga de Gösta Berling (Gösta Berlings saga) muestra la imposibilidad que domina la existencia del protagonista, al tiempo que presenta a los personajes que marcan el desafortunado camino por el que transita el rebelde. Así se descubre a Margaretha (Gerda Lundequist), la mujer del jefe de Ekeby, de quien se rumorean infidelidades que salen a la luz en una de las fiestas que allí se celebran. Este hecho provoca su destierro, que sirve para poner fin a la primera parte, en la que también aparece otro personaje clave en la vida del clérigo, Marianne Sincleir (Jenny Hasselqvist), la joven cuyo padre (Sixten Malmerfeldt) la repudia cuando se entera de su escarceo amoroso con Gösta. La segunda mitad se inicia recordando los hechos que cerraron la anterior, para posteriormente mostrar como Berling toma a Marianna bajo su protección, en ese instante parece que por fin el amor corresponde al antiguo religioso, sin embargo, solo es un espejismo que se rompe a raíz de la desventura de la mujer del jefe. El personaje de Margaretha cobra mayor importancia al convencerse de que para redimirse debe expulsar a los doce caballeros de Ekeby, adonde regresa y donde provoca el incendio que destruye la mansión. La saga de Gösta Berling se centra en la imposibilidad del joven a la hora de alcanzar ese amor que parece rehuirle constantemente, no obstante, en la figura de Elizabeth se descubre a una joven que sí le ama, no por su aspecto ni por su comportamiento, sino porque comprende que más allá de la imagen de Gösta se esconde un gran hombre, capaz de devolver a Ekeby el esplendor de tiempos pasados.

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