Ir al contenido principal

El vigilante de la diligencia (1954)


Si John Wayne se convirtió en el rostro por antonomasia del western fue debido a sus colaboraciones con John Ford, Henry Hathaway o Howard Hawks, del mismo modo que Randolph Scott lo es del western de serie B gracias a sus trabajos para directores de la talla de Budd Boetticher, Joseph H.Lewis o André de Toth. Este último, cineasta de origen húngaro, fue otro de los "tuertos" geniales de Hollywood, además de ser uno de los realizadores destacados del far west, aunque también se prodigó en el cine negro, en las excelentes Aguas turbias (Dark Waters)Pitfall Ola de crímenes (Crime Waves), y se atrevió con el género de terror en Los crímenes del museo de cera (House of Wax) (revisión en 3-D de la película dirigida en 1933 por Michael Curtiz). Entre sus westerns más destacados se encuentran La mujer de fuego (Ramrod), El honor del capitán Lex (Sprinfield Rifle), Pacto de honor (The Indian Figther) o las seis producciones en las que contó con la participación de Scott, algunas de las cuales presentan ciertas similitudes con los films que posteriormente el actor rodaría a las órdenes de Boetticher. Sin ir más lejos, El vigilante de la diligencia (Riding Shotgun) se inicia con un anhelo similar al que impulsa a los antihéroes del ciclo Rawnon. La voz de Larry Delong (Randolph Scott) informa que sigue la pista del hombre de quien pretende vengarse. Su presentación permite comprender el por qué de su trabajo como vigilante de la diligencia, y por ese mismo motivo no resulta extraño que abandone su puesto cuando se deja engañar por uno de los secuaces de Dan Marady (James Millican), a quien no conoce, pero a quien busca para saldar una cuenta pendiente. De ese modo, cegado por su deseo de ver cumplida su venganza, cae en la trampa tendida por los forajidos, que han planeado asaltar la diligencia para alejar al sheriff y a sus ayudantes de la ciudad a la que Larry llega después de escapar de sus manos. Allí advierte de los hechos y de las verdaderas intenciones de Marady, pues el asalto no fue más que un señuelo para alejar de la ciudad a los representantes del orden; sin embargo, nadie le cree. Su figura provoca recelos entre los habitantes, convencidos de su participación en el ataque a la diligencia; como consecuencia, el espacio por donde Larry transita se vuelve hostil y opresivo, hasta cierto punto similar al que se observa en Cita en Sundown (
Budd Boetticher, 1957); no obstante, la situación y el personaje de aquélla difieren de Delong y de los hechos que le rodean. A pesar del rechazo con el que se encuentra, Larry asume como prioritario ayudar a esos hombres que no piensan permitir que salga en busca del sheriff, ya que consideran sus palabras como una excusa para poder escapar. El cerco se cierra sobre la figura del falso culpable, víctima del engaño del hombre a quien pretende matar y de las sospechas de quienes le juzgan y retienen en el interior de una cantina que se convierte en su refugio. Solo Orissa Flynn (Joan Weldon), la enamorada, Tab Murphy (Wayne Morris), representante de la ley y amigo del sospechoso, y el doctor (James Bell), muestran un comportamiento racional mientras la tensión, la estupidez, los prejuicios y la violencia aumentan a pasos agigantados entre el resto del gentío, que llega al extremo de pensar en el linchamiento, olvidándose de que quizá ese hombre acorralado, a quien conocen y con quien han convivido, esté diciendo la verdad. La puesta en escena de André de Toth fluye rápida y tensa a la hora de enfrentar al antihéroe a la doble situación que escapa a su control, y que le obliga a asumir un comportamiento que no desea, ya que se ve obligado a luchar contra individuos con quienes poco antes había coexistido en paz, y sin embargo, en ese instante de irracionalidad, se convierten en una masa que solo piensa en su propia venganza.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...