Ir al contenido principal

Tiempo de revancha (1981)


Existen individuos que expresan sus convicciones desde su silencio, hombres como Pedro Bengoa (Federico Luppi), quien, al inicio del film de Adolfo Aristarain, muestra el cansancio generado por una lucha que nunca ha podido ganar. El Bengoa de los primeros minutos parece un hombre que ha claudicado ante un sistema corrupto que se impone a la libertad de sus miembros, actitud que su padre le recrimina cuando se entera de que ha ocultado su pasado sindicalista y sus convicciones morales para conseguir un empleo en una empresa minera. Cuando Pedro Bengoa llega a la cantera de cobre descubre que todos los trabajadores aceptan la actitud negligente de una empresa que no se preocupa por la seguridad o el bienestar de sus obreros, porque sólo le interesa un beneficio rápido y cuantioso. Bengoa acepta, como el resto, mantenerse dentro de los límites establecidos por la compañía: ver, oír, acatar y callar. Sin embargo, la presencia de Bruno de Toro (Ulises Dumont), con quien, además de amistad, comparte un pasado ideológico y un presente incierto y silencioso, le plantea una disyuntiva. De Toro tiene en mente una idea que le permitiría saldar cuentas; su idea no persigue el dinero en sí, sino que busca la venganza sobre quienes únicamente han mirado por su beneficio en detrimento de las condiciones de sus trabajadores. No obstante, para que De Toro ponga en práctica sus intenciones necesita la colaboración de Bengoa, cuestión que éste rechaza, convencido de su decisión de aceptar una vida pacífica, acomodada y estable al lado de Amanda (Haydeé Padilla), su esposa. Sin embargo, la muerte de varios trabajadores, provocada por la negligencia y las exigencias de los encargados, así como el posterior comportamiento de quienes se encuentran al mando, le deciden; y un idealista decidido resulta altamente peligroso para los intereses que priman en la empresa. El plan de Bruno pasa por simular una lesión que debe producirse durante una de las explosiones que forman parte de su labor diaria, consciente de que puede argumentar negligencia ante un tribunal que dictaminaría una cuantiosa compensación económica. A punto de poner en práctica el plan, De Toro se deja dominar por el miedo y los nervios, lo que obliga a Bengoa a asumir el control, pero sin poder evitar que su amigo muera durante la acción. Tras la explosión, Bengoa se encuentra solo en su lucha (hecho que queda claro en el interior del agujero en el que permanece atrapado). Cuando le rescatan muestra la supuesta mudez provocada por la impresión que le ha producido el accidente, pero también simula un aparente desinterés por obtener beneficio de su convalecencia, evitando de ese modo que los directivos sospechen de su siguiente movimiento: contactar con el abogado con quien De Toro mantenía contacto. Larsen (Julio Degrazia) prueba el aguante de su cliente y le advierte de los riesgos que corren, porque el éxito del plan reside en que Bengoa mantenga su mudez por encima de cualquier circunstancia, a riesgo de que todo se vaya al traste. Las presiones, las escuchas a las que se somete al matrimonio (siempre duerme con un esparadrapo en la boca) o las amenazas, implícitas o explícitas, son una constante antes, durante y después de la negociación con Ventura (Jorge Hacker), el gran jefe que claudica a la demanda del abogado, consciente de que el farsante puede provocar el hundimiento de su imperio empresarial. Tiempo de revancha se encuentra repleta de simbolismos que disfrazan aspectos de la injusta realidad argentina de 1981, así pues la lucha de Bengoa, tras despejar sus dudas y superar sus miedos, sería una lucha contra un sistema que ejerce un control que no respeta a sus miembros, por eso sabe que debe continuar gritando un silencio de no aceptación a las amenazas o al miedo, demostrando con su automutilación al final del film que no piensa callarse.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...