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El inquilino (1957)


El edificio en el que viven Evaristo (Fernando Fernán Gómez) y familia ha sido declarado en ruinas, por lo que se ha decidido el derrumbe del inmueble. La notificación de desahucio fue enviada seis meses antes del día D (derribo), pero Evaristo no ha querido preocupar a su esposa (María Rosa Salgado), ocultando la información, con la esperanza de solucionar el escollo antes del desalojo, sin embargo, el tiempo ha transcurrido y los obreros se presentan en el edificio, situación que les obliga a buscar, sin demora, un nuevo domicilio, lo cual no resulta tarea sencilla en en un país que cuida de la "comodidad" de sus ciudadanos. Los precios, las malas artes de los promotores, la especulación y la falta de dinero son algunos de los escollos que el desahuciado debe superar. Así comienza la lucha contra el reloj de un matrimonio despojado de un bien básico y necesario, que desde siempre ha sido un problema social de difícil solución. Conseguir una nueva vivienda les resulta prácticamente imposible, y a nadie parece importarle que se encuentre en juego el techo para una familia que podría ser una de muchas. 
El inquilino habla de un problema social vigente, desde una perspectiva tragicómica que no esconde su crítica, circunstancia que provocó que no fuera bien acogida por el régimen de la época. No obstante, gracias a un despiste de los censores, se permitió un primer estreno, sin cortes ni cambios en su proyección, el 24 de febrero de 1958 en Valencia, aunque no tardó en ser retirada de la cartelera por orden del Ministerio de la Vivienda. Tras años de luchas legales se logró que dicho Ministerio cediese la prohibición a la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Información, organismo que se encargaría de una rigurosa revisión. El inquilino sufrió cortes y cambios, pero finalmente se reestrenó, aunque había perdido su esencia inicial y semejaba un film distinto, que no logró despertar interés de nadie, quizá porque la mutilación sufrida no permitía encontrar un sentido a la historia. Por fortuna, años después, se encontró una versión de las copias censuradas, y actualmente se puede visionar la verdadera película filmada por José Antonio Nieves-Conde. Como consecuencia de todo aquel embrollo, el director pasó de ser un realizador apoyado por el régimen a ser cuestionado y vigilado minuciosamente en sus posteriores trabajos fílmicos. ¿A qué vino tanto revuelo por una comedia? Al régimen franquista le gustaba vender la idea de un país perfecto, habitado por una sociedad igual de perfecta, (algo así como el país de las maravillas), así pues, la crítica a los problemas sociales (que supuestamente no existían, pero que eran el pan de cada día) sería visto como una especie de ataque al sistema, pues alguno creería que menoscababa la moral de ciudadano, el buen hacer del gobierno y, lo peor de todo, ponía en duda el patriotismo de quien criticaba (¡vaya!). Pero por mucho que se intentase maquillar la realidad española, los problemas no dejaban de existir, y la vivienda siempre ha formado parte de ellos, porque, aunque se hable de derecho básico, siempre ha sido el quebradero de cabeza de muchas personas anónimas como Evaristo (que sería una especie de representante de todos aquellos que se encontraban o encuentran en su misma situación). Los especuladores, los altos precios, la falta de ayuda gubernativa o la gran cantidad de intermediarios, provoca que para los Evaristos de la época resultase prácticamente imposible encontrar un lugar digno donde vivir, algo que el Evaristo del film descubre allí donde acude a solicitar ayuda. Otros directores de la época, como Marco Ferreri y Rafael Azcona (guionista) en El Pisito (1958) o Luis G.Berlanga con El verdugo (1963), sortearon con ingenio e ironía esa censura para realizar críticas similares a la que se descubre (sin esfuerzo) en El inquilino. Esta falta de libertad de expresión tuvo sus consecuencias en el desarrollo cinematográfico español, donde no se produjo un cine realista propiamente dicho, sino películas que trataban los temas cotidianos desde una perspectiva cómica o costumbrista (a menudo encerraban críticas ácidas), que lograron evitar los cortes utilizando el ingenio y la doble lectura de las historias que contaron.

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