domingo, 5 de febrero de 2017

La luz azul (1932)

Sus interpretaciones de heroína alpina a las órdenes de Arnold Fanck le dieron popularidad entre los seguidores del cine de montaña realizado en Alemania durante la segunda mitad de la década de 1920 y primeros años de la siguiente, pero esa misma popularidad la encasilló en papeles que la alejaban de sus ambiciones profesionales de actriz dramática. Consciente de ello, Leni Riefenstahl decidió encauzar su carrera hacia la dirección de largometrajes y asumió dirigirse a sí misma en La luz azul (Dax Blaue Licht). <<Empezaba a gustarme trabajar con la cámara; me atraían los objetivos, el material fílmico y la técnica de filtros>>, recordó la cineasta en el capítulo de sus memorias que dedicó a su debut como realizadora. También recordó que la puesta en marcha del proyecto estuvo marcada por la falta de apoyo financiero por parte de las distintas compañías cinematográficas alemanas, lo que implicó la búsqueda de colaboradores: Béla Balázs, coguionista y codirector del film (dirigió las escenas interpretadas por la actriz), el prestigioso guionista Carl Mayer (trabajó en el guión, pero sin acreditar) y el cámara Hans Schnneeberger, operador habitual en las películas que Riefenstahl había protagonizado para Fanck. Con ellos en el proyecto, y sin otra promesa que la recompensa monetaria que esperaban conseguir en la taquilla, se acordó que la película sería una cooperación entre Balázs, Schnneeberger y la propia actriz, que asumió la dirección, la edición, la coescritura del argumento y el protagonismo casi exclusivo de su debut en la realización. Finalmente La luz azul pudo rodarse gracias a la participación financiera de Harry Sokal, que también se encargaría de la posterior distribución de un film que comercialmente no llegó a funcionar como habían previsto, pero que permitió a la ambiciosa actriz convertirse en la primera cineasta independiente en un ámbito artístico dominado por hombres, y en el que poco después alcanzaría mayor éxito y fama gracias a la panfletaria El triunfo de la voluntad (Triumph des willens, 1934) y a Olimpiada (Olympia, 1938). Más cercana al cine mudo que al sonoro, La luz azul no presenta gran complejidad narrativa, tampoco resultó un alarde interpretativo de Riefenstahl, más bien sacó a relucir sus limitaciones dramáticas. Su recreación de la inocente y soñadora Junta difería de sus anteriores trabajos, más físicos, aún así no logró transmitir las emociones que requería el personaje, quizá porque estaba más preocupada por realzar su belleza (y su narcisismo) que en dotar a su personaje de mayor credibilidad en su sufrimiento y en su humanidad. Mejor resultado obtuvo tras la cámara, empleando filtros especiales que modificaron el color y los efectos para rodar escenas nocturnas a plena luz del día, priorizando imágenes pictóricas que realzan la belleza del paisaje y el romanticismo de la leyenda de Junta. Uno de los mayores aciertos narrativos del film se encuentra en su inicio, con la llegada a Santa María de una pareja de turistas que, allí donde miran, observan piedras brillantes y las fotografías de una joven. Su curiosidad les lleva a preguntar quién es la retratada y el dueño de la posada les entrega un ejemplar de la historia de Junta. Desde las páginas del libro se accede al pasado y a los hechos que rodearon a la joven pastora, la única del contorno que conocía el camino hacia la cima de la montaña donde muchos jóvenes lugareños murieron en su búsqueda de la luz azul que se observa en el pueblo las noches de luna llena. Pero esa luz, reflejo de la luna en las piedras cristalinas de una gruta de difícil acceso, simboliza la pureza y el idealismo de la muchacha, aunque también implica el rechazo que sufre debido a la ignorancia y las supersticiones. En la aldea la apedrean y llaman bruja porque no encuentran otra explicación para que ella sea la única que no haya sufrido el trágico destino de quienes han intentado escalar la montaña. Esta es la situación por la que atraviesa Junta cuando el pintor Vigo (Mathias Wieman) llega a Santa María y descubre en ella la belleza de la que se enamora. Pero, tras compartir su tiempo con la pastora, y seguirla hasta la cueva luminosa, en su intención de salvarla de las constantes agresiones, dibuja un mapa del camino que entrega a los vecinos para evitar nuevos accidentes, y de paso demostrarles que no existe brujería alguna en la joven montañesa, aunque aquellos, poseídos por la ambición, saquean la cueva y ponen fin al sueño y a la historia de Junta.

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