sábado, 11 de marzo de 2023

La ciudad no es para mi (1966)


El inicio de La ciudad no es para mí (Pedro Lazaga, 1966) parodia el ritmo urbano del “desarrollo económico” de la década de 1960. Es caricaturesco y desenfrenado. No pisa freno y resulta uno de los comienzos más acelerados del cine español del momento, también de su antes y de su después. La veloz sucesión y aceleración de imágenes de Madrid, acompañadas por la voz del narrador que informa a similar velocidad del número de habitantes, automóviles, nacimientos, bodas y defunciones, pero tomándose algún que otro respiro antes de volver a la carga, concluyen siguiendo a un hombre anónimo (José SazatornialSaza”) a quien el narrador interrumpe para decirle que a ese ritmo no va a llegar a viejo. <<¿Y a usted qué le importa?>>, replica el “velocista” a quien hemos visto y no visto acelerar el paso, apurar la meada, devorar el perrito caliente que compra en un puesto callejero, tragar el café, pagar, dejar propina, así no pierde tiempo esperando el cambio, y de nuevo volar a ras de suelo porque debe llegar a un segundo, tercer, cuarto y quinto trabajo. El tipo se desdobla y desloma para pagar el piso y el 600, cuya carrocería palmea orgulloso, las vacaciones familiares, la nevera, el televisor y cuantos caprichos oferte y demande la sociedad de consumo ultrarrápido o, en caso contrario, corre el riesgo de quedarse fuera de la desenfrenada rueda que ya en la actualidad gira desbocada hacia quién sabe dónde. Esto último no lo dice con palabras, pero la febril celeridad con la que se toma el tentempié mañanero parece apuntarlo o me apura a inventarlo. De cualquier forma, este instante inicial de La ciudad no es para mí choca con la pausa del pueblo aragonés donde vive tío Agustín (Paco Martínez Soria), que asume el ritmo tranquilo como seña de identidad.

El mismo narrador presenta Calacierva, su quietud. Nadie en el pueblo tiene prisa, ninguna, salvo cuando hay que dar la noticia del nacimiento de un nuevo miembro de la pequeña comunidad. Su cotidianidad no se ha visto alterada desde los tiempos de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Allí, todo es familiar, armonía y caricatura pausada, opuesta a la urbana. El rural y el urbano son dos mundos en uno, dos distancias que parecen insalvables pero que tío Agustín acorta cuando llega a Madrid y lleva consigo el pueblo, su forma de pensar y hacer. Y así lo muestra Pedro Lazaga, abandonando la idílica localidad rural donde exagera la cordialidad, la amistad y la bondad que definen el lugar, imposible fuera de la pantalla donde Agustín, el vecino más generoso y querido, se hace con el protagonismo absoluto e impone el tono del film. El tío Agustín vive a ritmo pausado, y nada sabe del frenético desarrollo urbano. No es anónimo como sí lo es el “velocista”, exhibe un sentido del humor campechano y sabiduría popular. También muestra facilidad para hacer trampas a las cartas, cuando juega con el recaudador, y para darle al porrón y a otros “refrescos”. Además, es más espabilado de lo que creen las marquesas que lo etiquetan de <<hombre rural>> y <<tipo de sainete>>. Apenas disimula que es un defensor del orden tradicional establecido, que ve peligrar en su nuera Luchy (Doris Coll), a quien lleva hacia donde él cree que debe estar, o en la Filo (Gracita Morales), la sirvienta embarazada y soltera de quien decide ser su casamentero.

Los primeros minutos de La ciudad no es para mí, comedia escrita por Pedro Masó, que también la produjo, y Vicente Coello —a partir de la obra teatral de Fernando Lázaro Carreter y que protagonizada por Martínez Soria— son vibrantes e irónicos, pero su ritmo y su burla pierden fuelle a medida que el film avanza hacia la reconciliación entre los miembros de la familia y los dos espacios representados en su seno. Lazaga recordaba que Masó le había llamado <<porque quería hacer una película con La ciudad no es para mí>>, (1) la comedia teatral. Fue a verla y <<La obra no me gustó, pero como a mí lo que me gusta es rodar películas, pues acepté.>>  Entendible que a Lazaga no le gustase la comedia de Lázaro Carreter y que aceptase dirigir su adaptación cinematográfica para continuar haciendo cine, igual de aceptable que a cualquiera no guste la película resultante (que tiene sus buenos momentos), que encuentra su baza principal en la confrontación de la supuesta modernidad urbana y la tradición representada por tío Agustín. Martínez Soria, cuya caricatura de patriarca generoso y entregado puede llegar a saturar, se entrega a su personaje, aquel por el que fue reconocido en su momento y por el que en la actualidad es recordado; aunque su carrera actoral se inició mucho antes de alcanzar el éxito en este tipo de comedias cinematográficas del “Desarrollo”. Primero en el teatro y, a partir de 1934, también en el cine; pero fue esta comedia la que lo convirtió en uno de los actores de mayor éxito en el cine español de la época en la que los pueblos empezaban a sufrir el éxodo masivo de la juventud, que partía hacia los grandes centros urbanos e industriales empujada por las necesidades o llena de sueños de mejora.


(1) Pedro Lazaga en Antonio Castro: El cine español en el banquillo. Fernando Torres Editor, Valencia, 1974

2 comentarios:

  1. Me gusta mucho que recuperes unas películas infravaloradas ideológicamente, pero muy bien hechas, construidas e interpretadas. Documento sociológico impagable

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    1. Gracias Francisco. Ese es uno de los motores del blog: recuperar películas, cineastas, guionistas... de todas las épocas que considero que presentan interés, más allá de su calidad, de la ideología, del país de procedencia o de producción. Esta lo tiene. Es, como bien dices, un documento sociológico de un momento, del "boom económico" (turismo, ladrillo, industria,…) y del éxodo poblacional de los pueblos del interior a los centros urbanos e industriales de los años sesenta del siglo XX

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