Hay actores y actrices que inmediatamente se asocian a una imagen o a un momento determinado. Zbigniew Cybulski se asocia con la magistral película de Andrzej Wajda Cenizas y diamantes (1958), de la que fue protagonista, y al nuevo cine polaco de finales de la década de 1950 y gran parte de la siguiente. Un par de años antes de Cenizas y diamantes, y tras haber aparecido en el cortometraje Czlowiek nie umiera (Sywester Checinski, 1955), Cybulski participaba en el primer largometraje de Wajda, Generación (1955), y ya en la década siguiente volvería a trabajar con el ilustre cineasta en el fragmento polaco de El amor a los veinte años (1962), film episódico en el que también participaron los realizadores Shintaro Ishihara, Marcel Ophuls, Rezo Rossellini y François Truffaut. El actor se convirtió en icónico del “nuevo cine” polaco, pero no solo por estos títulos, sino también por su participación en otras grandes películas del momento y por su imagen de joven rebelde, que algunos quisieron vender como la del “James Dean polaco”, pero ya se sabe lo que vale este tipo de comparación: nada. Lo cierto es que ambos murieron jóvenes, Dean apenas había dejado de ser el adolescente que interpretaba en Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) y en Al este del edén (Elia Kazan, 1955) y Cybulski a los cuarenta, cuando fue arrollado por un tren. La carrera profesional del actor polaco abarca poco más de una década, de 1954 a 1967, año de su fallecimiento, durante la cual participó en más de treinta películas, entre las que destacan las arriba nombradas, Tren nocturno (Jerzy Kawalerowicz, 1958), El manuscrito encontrado en Zaragoza (Wojciech Jerzy Has, 1965) o Salto (Tadeusz Konwicki, 1965). Su último trabajo fue Yovita (Jowita, 1967), que fue realizada por Janusz Morgenstern, para quien ya había trabajado en Do Widzenia, do jutra (1960), en la que Cybulski también colaboró en el guion.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...


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