viernes, 2 de enero de 2026

Federico García Lorca: Bodas de sangre


Las ideas del amor perdido y de la muerte eran asiduas de Federico García Lorca, las llevaba en su pensamiento y las mostraba en sus creaciones. La segunda formaba parte de sus miedos y de su futuro, el cual, en 1936, a sus treinta y siete años, todavía consideraría lejano, puesto que contaba con buena salud y la marcha natural de su vida le auguraba algunos más. Pero nunca sabemos cuándo se producirá ese último encuentro, el que nos sitúa frente a la mendiga a la que habremos de darle todo. ¿Qué habría pasado de no tomar el expreso de Andalucía y quedarse en Madrid? Nunca lo sabremos, aunque podemos conjeturar o leer a Carlos Rojas y su novela El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos. La temía y le dio alcance en agosto de aquel año, cuando la guerra civil española, tras la rebelión de unos y la revolución de otros, entraba de lleno en el primer acto de un drama bélico, político y social que apuntaba la tragedia de un país dividido en numerosas ambiciones ideológicas y asolado por el conflicto bélico que lo convirtió en el páramo ensangrentado donde se enfrentaban vecinos con vecinos, hermanos contra hermanos, y desconocidos contra desconocidos. Allí, en aquella república moribunda desde su nacimiento, amenazada por las utopías anarquistas, por las prisas de los esperanzados, por los rencores del pasado, por la decepción de los desencantados y por el silencio de quienes trabajaban ya desde su inicio para derrumbarla o acomodarla a sus intereses, los envidiosos y los codiciosos no aguardaban para medrar, apuraban sus opciones y el panorama pasó de la euforia de los primeros días, tras la salida de Alfonso XIII, a la decepción, al juego del poder (un juego para nada novedoso) y a las continuas violencias que mataron la posibilidad de diálogo. Y un país incapaz de dialogar es un país condenado a vivir en la esterilidad, en la incomprensión, en el odio, en el miedo, en la intolerancia, en la muerte de las libertades conquistadas. En un lugar así, sin habla ni escucha, las opciones se reducen y el rencor se desata, instalándose la sinrazón en el corazón de tantos que desean la muerte de otros y de otros que anhelan la de tantos; tal vez eso persiguiesen los extremos de aquella España y la de tantas habidas y por haber, pues el odio, la envidia y la revancha habían arraigado en las entrañas de “dos” de las “tres” que, en realidad, serían muchas más. Pero cuando Lorca escribe Bodas de sangre, su muerte todavía está por llegar, mas sabemos que no le es extraña, como apunta el título de la obra y la idea de una tierra regada de sangre, marcada por las costumbres y las pasiones reprimidas y desatadas que determinan el destino de los personajes…


En 1931, cuando escribe Bodas de sangre, tres años después de haber leído la noticia de un asesinato similar acontecido en 1928 cerca de Níjar (Almería), el país ya se encontraba en un punto complicado y conflictivo, uno que pedía un acercamiento que alejase definitivamente más de un siglo de tiras y aflojas, de guerras civiles y de continuos cambios de gobierno. Sin embargo, se produjo un distanciamiento y la Segunda República, que había traído un soplo de esperanza, fue sentenciada por sus enemigos naturales e incluso por las propias luchas interinas —cabe recordar que el partido socialista estaba dividido en tres facciones irreconciliables, el arribismo de tipos como Lerroux no era exclusivo, sino costumbre, o que dentro de las altas esferas republicanas existían rivalidades como las de Azaña y Álcala Zamora o las de Prieto y Largo Caballero—. Cinco años después, la realidad global del país es la guerra y la individual del poeta la de caer en las manos de tipos cuyo odio deparó su asesinato (entre otros). No era oficial, pero la muerte de Federico era uno de los temas del momento. Sus amigos, tal como el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, la sospechaban, pero guardaban la esperanza de que solo fuesen habladurías. Mas por entonces, el cuerpo del poeta yacía sepultado en una tumba común de la que nadie, salvo los asesinos, conocía su ubicación. Sus asesinos formaban un grupo que actuó por cuenta propia, sin una orden de arriba; guardando las distancias, porque nada resulta igual, tal como se actuó en Alicante, donde ejecutaron a José Antonio Primo de Rivera temiendo la intervención presidencial que conmutase la sentencia. Así, casi al mismo tiempo, se produjeron dos muertes y el nacimiento de dos mártires que, en unión, simbolizaban el martirio que se vivía en aquella España partida en dos partes que no dejaba espacio para quienes se mostraban críticos con ambas o no se posicionaban con ninguna. Décadas después, aquellas dos muertes permitieron a Carlos Rojas reflexionar sobre la época en el título arriba nombrado y en Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera, novelas a las que habría que añadir Azaña para formar un tríptico que mira con lucidez creativa y analítica el momento que marcaría a todos, a los vivos y a los muertos, a los exiliados y a quienes permanecieron en la “prisión” que se instauró tras la guerra. Otras dos muertes se producen en el presente de esta tragedia lorquiana que, junto a Yerma y La casa de Bernarda Alba, depara la imagen de una España anclada en el pasado y, aunque suene contradictorio, en lo que estaba por venir. No se trata de que Lorca adivinase el futuro, sino de que esa tragedia hundía sus raíces en tiempos pretéritos, crecía en el presente y daría su fruto de sangre. La primera representación de la obra se dio en Madrid, el 8 de marzo de 1933 —fue un éxito rotundo—, dos meses después de la revuelta de Casas Viejas —que llevó a Ramón J. Sender hasta el lugar de los hechos y deparó su crónica Viaje a la aldea del crimen—; con Josefina Díaz de Artigas en el papel de la Madre del novio, el que Margarita Xirgu interpretaría en el estreno barcelonés, y que también asumiría en la primera adaptación cinematográfica de la obra, la película argentina dirigida por Edmundo Guibourg en 1938, que contó con el protagonismo de la popular actriz catalana, que ya vivía su exilio, y de otros nombres (Enrique Diosdado, Amalia de la Torre) que habían participado en las representaciones teatrales anteriores a la guerra civil…