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Mad City (1997)


—¿Cómo sé yo que vas a volver?

—Porque eres la mejor historia de la ciudad.

La respuesta de Max Brackett (Dustin Hoffman) a la pregunta de Sam Baily (John Travolta) parece señalar que el primero es un periodista sin escrúpulos, de la escuela de Chuck Tatum, el protagonista de El gran carnaval (Ace in the Hole; Billy Wilder, 1951). Sin embargo, a medida que transcurren los minutos de Mad City (1997), la conciencia de Brackett sale a relucir en su relación con ese <<pobre hombre>> que, en su desesperación, ha irrumpido en el museo de ciencias naturales llevando consigo una escopeta y una bolsa repleta de dinamita. Evidentemente, a ojos que la justicia (que no es ciega), Sam es culpable de asalto con arma de fuego y, a los del público, de elegir una opción agresiva para hacerse escuchar. No obstante, su situación y su limitada comprensión de la realidad solo le han permitido encontrar esa única y explosiva salida: la de presentarse con su uniforme de trabajo, en el mismo lugar de donde fue despedido días atrás, y exigir a la directora (Blythe Danner) del museo que le escuche. Su intención es la de hacerse oír, aunque sea a la fuerza, para que le devuelva su antiguo empleo; si no, ¿cómo mantendrá a su familia?

Sam es un hombre al borde del abismo, se siente superado y desprotegido, condenado a perder su dignidad, su casa y su subsidio, pero lo peor de todo es que, sin poder remediarlo, su mundo se desmorona. Teme por la seguridad de sus hijos y por la reacción de su mujer (Lucinda Jenney), al tiempo que la situación que ha generado en el museo se descontrola desde el mismo instante que pone el pie en su interior, más aún cuando dispara su arma y accidentalmente alcanza a Clift (Bill Nunn), su antiguo compañero laboral. Quizá todo lo que viene a continuación habría sido distinto sin la presencia de Brackett en el recinto donde ha realizado su reportaje para la emisora local, en la que no encaja. Se trata de un reportero con mayores pretensiones, que ha sido condenado al olvido por sus diferencias con Kevin Hollander (Alan Alda), un presentador en quien el público confía a diario porque su imagen familiar y de confianza se cuela en sus hogares para comunicarles medias verdades y medias mentiras. En los hechos que presencia, Brackett ve su oportunidad de regresar a primera línea. No duda: a través de la puerta del aseo, contempla la exclusiva que le devolverá el prestigio perdido. A pesar del aparente riesgo, se pone a ello y retransmite en directo hasta que se produce su contacto con Sam. A partir de entonces, asume prepararlo para vender su imagen a la opinión pública, sin ser consciente de que su intención de convertirlo en <<mártir de los desposeídos>> confirma la definitiva caída de su nueva y efímera celebridad.


La televisión da imagen a la noticia, a sus protagonistas y a sus presentadores, que acaban siendo rostros conocidos y, como consecuencia, celebridades del estilo de Hollander o del mesiánico presentador de
Network. Un mundo implacable (Network; Sidney Lumet, 1976), de víctimas mediáticas como Truman en el show que lleva su nombre y del propio Sam Bailey, después de que Brackett y el resto de cadenas den forma a la sensacionalista historia que durante tres jornadas atrapa la atención de la opinión popular, tan variable y manejable como la de Perseguido (The Running Man; Paul Michael Glaser, 1989) o la del El show de Truman (The Truman Show; Peter Weir, 1998), una opinión que se deja llevar por lo que ve y le indican. Pero contrario al periodista encarnado por Kirk Douglas en El gran carnaval y al presentador de Perseguido, el reportero a quien da vida Dustin Hoffman en Mad City sí presenta remordimientos y conciencia, una conciencia que es empleada por Costa Gavras para hacer más evidente la crítica que encierra su película, la cual apunta de forma directa a la televisión-espectáculo que manipula, altera o genera noticias como la expuesta a lo largo de los minutos de este filme que devolvía al cineasta de origen griego al cine estadounidense. Para Costa-Gavras no se trata de criticar al periodismo en general, solo a aquel que, indiferente a la noticia, crea mitos, tendencias y espectáculos que llegan directamente a una masa ignorante de los intereses que encierran las imágenes editadas y los diferentes enfoques asumidos por las cadenas en su afán de elevar su índice de audiencia. Si la radio obliga a escuchar y la prensa escrita a leer, la tele se decanta por acercar el mundo a través del sentido más valorado: la vista, pues, unido a las palabras, el contacto visual impacta en el público para que no dude de cuanto ve en la pequeña pantalla, aceptando como válidas cuestiones que no se exponen, se imponen, o situaciones fuera de lugar como la invasión de la intimidad de la familia del secuestrador o la del herido de bala que se debate entre la vida y la muerte en el hospital donde las cámaras irrumpen por la ventana o a cambio de dinero. Todo vale, todo forma parte del juego, y las alteraciones de la realidad son constantes para aumentar los índices, principio y fin del medio, pues todo se resume en estadísticas y beneficios que indican la dirección que la noticia debe seguir (encumbrar o destruir), porque en Mad City no importa el ser humano real, importa el mediático, lo cual implica que nadie comprenda, o no quiera hacerlo, la realidad de la exclamación final del periodista que, consciente de su culpa y de la culpabilidad de quienes le rodean, se ve envuelto por el pesimismo, la derrota, las cámaras y la multitud de reporteros que, como Laurie (Mia Kirshner), han perdido su condición de periodistas para equiparse a hienas hambrientas a la espera de la carnaza que será su primicia.

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