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Lincoln (2012)


¿Existen varios Steven Spielberg cinematográficos? ¿Aquel que se decanta por la ciencia-ficción? ¿El que realiza films acordes a sus gustos infantiles? ¿Y aquel otro que filma películas más reflexivas y serias ambientadas en determinados contextos históricos? A estas alturas se podría decir que sí. El primero se percibe en títulos como Encuentros en la tercera fase, (Close Encounters of the Third Kind, 1977), Inteligencia Artificial (A.I., 2001), Minority Report (2002) o La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 2005); el segundo apuesta por el entretenimiento, la aventura y la fantasía en la saga de Indiana Jones y en películas como Hook, el capitán Garfio (Hook, 1991), Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio (The Adventures of Tintin, 2011) o Mi amigo el gigante (2016); y el tercero se descubre en su intención reflexiva, que suele decantarse por exponer el lado humano de personajes atrapados por acontecimientos históricos como la Guerra de la Secesión, la Primera y Segunda Guerra Mundial, la guerra fría o el conflicto judio-palestino durante la década de 1970. Pero no por ello ni unas ni otras son mejores ni peores películas, aunque sí tenga mejores y peores producciones. En todo caso, son variadas en su exposición, desarrollo y contenido. Spielberg puede entretener y al tiempo conmover, ilusionar e invitar a la reflexión sin renunciar a la comercialidad, quizá esto último porque, haga lo que haga, su nombre ya vende el producto a estrenar. Equilibrar lo dicho no debe resultar sencillo, pero él parece haber dado con una fórmula que le funciona y da cabida a la amplitud de gustos; sus películas no van destinadas a su solo tipo de público. Aunque presente múltiples caras, el cine de Spielberg no deja de ser fruto de una única, aquella que desvela la sobrada capacidad cinematográfica de un narrador que, desde su debut en El diablo sobre ruedas (Duel, 1971), ha atrapado la atención del público con Tiburón (Jaws, 1975), En busca del arca perdida (Riders of the Lost Ark, 1981), E.T. (E.T. The Extra-Terrestial, 1982), La lista de Schindler (Schindler's List, 1993), Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), Munich (2005) o Lincoln (2012), la cual, junto a El color púrpura (The Color Purple, 1985) y Amistad (1997), completa su tríptico sobre la esclavitud. Más compleja y sombría que sus dos compañeras temáticas, Lincoln se adentra en la interioridad de su personaje principal y en los entresijos políticos que se observan durante el momento convulso que vive su nación. La historia del Lincoln visto por Spielberg e interpretado por Daniel Day-Lewis -espléndida su interpretación del hombre ajeno al icono popular- se centra en un momento puntual, aquel que descubre al decimosexto presidente de los Estados Unidos en medio de la guerra civil que, a partir de intereses económicos, políticos y sociales, enfrenta al norte y al sur por la abolición de la esclavitud. Pero su lucha no se encuentra en el campo de batalla donde miles de jóvenes perecen combatiendo, se desarrolla en su interior (en su vida personal y en su soledad) y en las altas esferas de la política donde pelea por sacar adelante el proyecto de ley de la decimotercera enmienda de la constitución estadounidense, una reforma que, en la teoría, igualaría a blancos y a negros ante la ley. Lincoln sabe que ningún país puede considerarse libre y democrático si todos sus hombres y mujeres, independiente de su etnia, sexo y credo, no son iguales ante la justicia. Por esa igualdad libra su lucha y se ensucia las manos, porque es el legado que pretende dejar a las generaciones venideras, un legado que no todos desean que se materialice y, como consecuencia, encuentra la oposición que le lleva a la negociación, a trabajar en la sombra para conseguir votos, a las discusiones entre las distintas perspectivas y a otras cuestiones políticas que nada tienen que ver con la incuestionable (para sus oponentes cuestionable) valía del hecho que se convierte en su cruzada u obsesión, la misma por la que Stevenson (Tommy Lee Jones) lleva largo tiempo luchando. Por ello, tras la votación -un momento histórico, como dice el presidente de la cámara- recoge el acta oficial para ofrecérsela a su ama de llaves negra, con quien mantiene una relación marital que en teoría, con ese trozo de papel, podrá abandonar la clandestinidad en la que ha vivido hasta entonces. Sin embargo, este solo sería el primer paso de los muchos que se han dado, y de los muchos que aún quedan por dar, para que, respetando las diferencias individuales, palabras como igualdad abandonen la utopía y se instalen definitivamente en la cotidianidad.

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