El cine negro se encuentra plagado de mujeres que se dejan arrastrar por su ambición y sus deseos, aunque habría que preguntarse si son fatales o simplemente manipulan su entorno porque anhelan su propio espacio vital dentro de un orden social que, dominado por el hombre, limita sus opciones. Ana (Isabel de Castro) es una de ellas, ambiciona más, sin embargo, después de emplear sus recursos —singularizados a su belleza— para seducir a Pablo Jiménez (Carlos Otero) e introducirlo en la criminalidad con la que pretende morder su manzana, cambia inexplicablemente su comportamiento tras un año de condena en un correccional femenino. Convertida de nuevo en la imagen sumisa, muy del gusto de ideologías ultraconservadoras como el franquismo, su transformación se produce hacia la mitad del metraje, aunque nunca llega a resultar creíble, salvo por esa intención de contentar a la censura y a la moral del momento. Más allá de esta conversión forzosa acorde con lo establecido, El presidio (1954) muestra otros rasgos definitorios de la sociedad española de la época, representados en el retrato de Franco en la oficina del director de correccional y en la presencia del cura (Manuel Gas) de la prisión donde es encerrado aquel que se deja manipular por la joven.
A pesar de su tono moralista, la película de Antonio Santillán, a partir del guion de José Antonio de la Loma, es otra espléndida muestra del cine negro español rodado en la década de 1950, aunque esta clasificación genérica no se ajusta a la realidad, ya que el film noir español carecía de la negrura suficiente para catalogarlo como tal. Salvo excepciones, por aquel entonces resultaba imposible asumir en el cine español una postura crítica más directa o desarrollar en profundidad el pesimismo social que caracteriza al género negro y a sus personajes. Como consecuencia, la corrupción, la ambigüedad y los malos usos del orden desaparecen del sistema para mostrar en la pantalla entornos como el correccional donde se desarrolla parte de El presidio, un espacio cerrado que se aleja de los sombríos recintos expuestos en Fuerza bruta (Brute Force; Jules Dassin, 1947) o en Sin remisión (Caged, John Cromwell, 1950). En las penitenciarias españolas de celuloide, el sistema funciona y son los prisioneros, en concreto uno de ellos, los responsables de los hechos que se desatan en su interior.





Magnífica. Soberbia. Una de las mejores películas dirigidas por Antonio Santillán.
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