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Las aguas bajan negras (1948)


Los títulos de crédito de Las aguas bajan negra señalan que su guion está inspirado en la novela de Armando Palacio Valdés La aldea perdida (1903), apunte que confirma que no se trata de una adaptación del libro. En realidad no podría serlo, ya que su guionista Carlos Blanco no había leído la novela cuando escribió el libreto, aunque sí conocía el argumento, por lo tanto La aldea perdida de Palacio Valdés solo fue la inspiración para la primera colaboración entre el guionista asturiano y el realizador madrileño José Luis Sáenz de Heredia. Insertados los créditos, Las aguas bajan negras se inicia con varios planos de espacios abiertos mientras la voz de don Armando (Manuel Kayser) informa que el paisaje de su infancia ha cambiado en el presente, desde el cual introduce los hechos que llevaron a la desaparición del Rubiercos que pervive en sus recuerdos. Las imágenes retroceden dos décadas para detenerse en el sexto año de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), durante la cual se produce el enfrentamiento entre los absolutistas (carlistas) y los liberales isabelinos (o cristinos), así como la relación imposible entre Fernando (Raúl Cancio), capitán al servicio de los primeros, y Beatriz (Mary Delgado), hija de un coronel de los segundos. Un enfrentamiento similar, entre tradición y modernidad, se desata en el presente, tras la irrupción de los mineros que provocan el rechazo de los agricultores y ganaderos de la aldea, aferrados a sus tierras, a sus costumbres y a su idea de honor. De tal manera, la tranquila localidad asturiana de Rubiercos y alrededores, ricos en yacimientos de carbón, se transforman en escenarios donde la lucha de opuestos -aunque iguales en comportamiento- rompe la paz que se respira previo a la llegada de los peones de don César (Fernando Fernández de Córdoba). Esta oposición podría dar pie a interpretaciones de carácter ideológico, de hecho podría ser el reflejo de la propia España de la posguerra, quizá esa fuera una de las intenciones de Blanco -encarcelado tras la contienda civil por su grado de oficial republicano- a la hora de reflexionar sobre el progreso y cómo este solo ha sido tecnológico, pues, desde una perspectiva humana y social, la evolución apenas se ha producido, de ahí que, al final del film, don Armando siembre la duda en el padre Prisco (Luis Pérez de León), cuando comentan que los avances científicos han acortado las distancias, y le pregunta si han disminuido el número de pecados capitales. Más allá de conjeturas sobre las intenciones de sus responsables, Las aguas bajan negras asume características del western para dar rienda suelta al melodrama que germina en el prólogo que expone el amor clandestino de Beatriz y Fernando, quien no tarda en ser abatido por los soldados al mando del padre (Manuel San Román) de la joven. Este hecho precede a su partida de la aldea -omitida en la pantalla-, dejando a su hija recién nacida y la casa familiar al cuidado de Goro (José María Lado). Veinte años después el fiel sirviente continúa protegiendo a ambas. En el presente Carmina (Charito Granados), desconocedora de sus orígenes, vive con quienes cree sus padres a la espera de poder hacerlo con Nolo (Adriano Rimoldi). Para el joven vaquero, ella es el principio y el fin de cuanto hace, por ello, cuando los mineros se presentan en el pueblo, siente curiosidad y se acerca hasta el yacimiento donde, poco después, inicia ilusionado su nueva profesión, aquella que le permitirá ahorrar el dinero suficiente para materializar la unión que ambos desean. Sin embargo, cuanto sucede, apunta hacia la tragedia que se desata en la parte final del metraje, cuando, obcecado e incapaz de comprender más allá de su ceguera, Goro centra su ira en Nolo, a quien llama judas, por su traición a la tradición y a los suyos. En su idea de lealtad hacia Beatriz, quien reaparece en la aldea veinte años después de su partida, el personaje interpretado por José María Lado se muestra inflexible e incapaz de pensar en un acercamiento pacífico con la modernidad representada en don César, hombre cabal y pacífico, no así Plutón (José Jaspe), su capataz y reflejo minero de Goro, y Sergio (Tomás Blanco), el pagador de la compañía que, en su intento de abusar de Carmina, recibe un disparo anónimo que provoca la furia de mineros. En ese instante, la ira desatada presagia el cambio del color de las aguas negras -carbón- que tiñen el Nalón por el rojo de la sangre de quienes, incapacitados para alcanzar el entendimiento, no les queda otra solución que la de aceptarse y compartir ese espacio donde <<usted piensa en negro y yo lo hago en blanco. [...] Tenga mi mano, pero nunca nos entenderemos>>.

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